lunes, 1 de febrero de 2010

A PROPÓSITO DE SALINGER... Y DEL CABANYAL

A estas alturas, hasta el ermitaño más aislado sabe ya que el 28 de enero murió, a los 91 años, el escritor norteamericano J.D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno. Desde entonces, he leído tantas alabanzas de la novela que le dio la fama, que a ratos he llegado a sentirme como un bicho raro porque me dejaron más bien fría las andanzas de Holden Caulfield. A lo mejor es que soy muy retorcida, pero Caulfield me cayó gordo desde el principio. Me pareció un adolescente malcriado, cargante e inadaptado, de esos que van por la vida quejándose de todo y mirando por encima del hombro a los demás. El caso es que empecé a leer este libro con muchas expectativas y cuando lo acabé, me quedó una sensación de “bueno… vale, ¿esto era todo?” Tampoco puedo afirmar que el estilo literario me pareciera gran cosa. Tal vez la decepción se debiera a que lo leí muy tarde, con más de cuarenta años. Quizá me habría sentido más identificada con ese personaje si hubiera descubierto la novela de adolescente. En cualquier caso, ya sea porque el amigo Holden Caulfield no atrapa igual cuando se lee el libro en la madurez, o sea por otra razón, la cuestión es que no consigo sumarme a los que consideran El guardián entre el centeno una obra que marcó su vida. Por mí este libro pasó sin pena ni gloria.

De Salinger me llama la atención su decisión de retirarse del mundanal ruido literario en pleno éxito y el hecho de que viviera aislado desde 1951 hasta su muerte, o sea durante más de cincuenta años, escondiéndose tanto de periodistas como de admiradores. Un modo de vida que en estos tiempos, a priori parece un lujo que ningún escritor se puede permitir. Porque desde el momento en que un autor consigue interesar a un editor, sabe que no bastará con que su novela sea transformada en un libro que será distribuido a las librerías, donde con suerte lo expondrán durante un tiempo en la mesa de novedades. Cualquier escritor novato con los pies sobre la tierra es consciente de que hoy en día, los libros duran en esas mesas lo que tarda en derretirse un helado en el mes de agosto y que si no han logrado destacar durante ese lapso efímero, pasarán a engrosar el pelotón de vencidos que regresan cabizbajos a los almacenes de la editorial y desde allí, tal vez sean enviados a la guillotina. Por lo que ahora, a ningún escritor realista se le ocurriría fantasear con retirarse en plan Salinger y dejar que sus libros encuentren solos su camino, ya no hacia el éxito, sino simplemente en pos de la supervivencia pura y dura. Por eso, en estos tiempos de desmesurada oferta literaria, un escritor realista, por muy tímido, misántropo o vago que pueda ser, se alegrará si la editorial decide enviarle a hacer promoción e irá con gusto a todas las emisoras y redacciones que deseen entrevistarle, además de acudir ilusionado a cuantas firmas de ejemplares le propongan. Y no lo hará por engordar su ego (aunque siempre habrá quien sí lo haga por esa razón, claro), sino simplemente por dar a conocer un trabajo en el que ha invertido mucha energía, muchas ilusiones y muchos meses, incluso años de su vida. Luego, conforme pase el tiempo, el escritor novato pero realista irá descubriendo que se lo pasa bien conversando con sus lectores durante las firmas de ejemplares y en las ferias del libro. Y llegará a concluir que, quizá, el retiro de Salinger no fuera tal lujo, porque se evitó ciertas servidumbres de la vida literaria, pero también se privó de la parte más gratificante: el apoyo de los lectores que anima a seguir escribiendo. Aunque este ya es otro tema que daría para un post propio.

Acabaré hoy con un asunto que no tiene nada que ver con J.D. Salinger. Pero no quería dejar pasar esta entrada sin incluir un enlace al artículo que publicó ayer Manuel Vicent en El País en defensa del Cabanyal, el antiguo barrio valenciano que se ve amenazado por una de esas herejías urbanísticas a las que tan aficionados somos en esta España nuestra.


(La fotografía de Salinger es de Anthony Di Gesu, está en Getty Images, y la he tomado de El País. La del Cabanyal es de Julián Barón y también la he tomado de El País)

miércoles, 27 de enero de 2010

CULEBROOOONES

Hoy voy a hablar de culebrones. El primero es el de Stieg Larsson, que sigue generando noticias. Ahora va y sale su ex jefe en la agencia de noticias TT, con el que se llevaba más bien mal, para poner en duda que él sea realmente el autor de la trilogía Millenium. ¿Las razones que aduce Anders Hellberg para justificar semejante afirmación? Cito textualmente el artículo de El País: "El lenguaje que utilizaba era pobre", escribía Hellberg la semana pasada, "el orden de las palabras incorrecto, la construcción de las frases era simple y la sintaxis completamente enloquecida”. Y el pobre Larsson sin poder defenderse de todas las burradas que vayan diciendo por ahí sobre él. Aunque siempre le quedará el consuelo de haber sido subido al mismo carro que Shakespeare, de cuya autoría también se ha llegado a dudar últimamente. ¿Tendrá la afirmación de Hellberg algún fundamento, o será envidia cochina? Continuará… supongo.

Aparte de su viejo adversario en la redacción, también le ha salido a Larsson un amigo bocazas, Kurdo Baksi, que ha escrito un libro titulado Mon ami Stieg Larsson. Este señor dice lo siguiente (cito de nuevo El País): Larsson no era buen periodista. Solía poner en boca del entrevistado cosas que nunca había dicho, se comportaba como "un hipersensible fanfarrón" y escribía textos partidistas…. Con amiguetes así… ya se sabe. Aunque éste, al menos, no ha puesto en duda la autoría de su amigo.

El segundo culebrón de hoy es de esos que la dejan a una sin palabras, porque aún no me he repuesto de la impresión que me ha causado el vídeo de Karmele, alias Popstar Queen, cantando eso del tsunami. No en vano dicen que la realidad supera la ficción. Y ésta lo hace con creces. Porque a ningún novelista, guionista o similar, por muy borracho o fumado que pueda sentarse a escribir, se le ocurriría una trama tan surrealista. Y para flipar un poquito más, basta con teclear en Google “Karmele Eurovisión” y pinchar en el botón de Noticias. Los resultados de la búsqueda incluyen perlas como: “Estoy completamente hundida” (esto lo dijo la ínclita después de su descalificación en el concurso para elegir a quien represente a España en Eurovisión; Gente Digital, 22.01.2010), “Declaro la guerra a RTVE” (TeleCinco 23.01.2010), “Telecinco considera antidemocrática y anticonstitucional la descalificación de Karmele” (El País, 22.01.2010). Y yo que pensaba que nadie lograría superar aquello del Chiquilicuatre. Pero esto es como en el circo: siempre hay alguien que logra el más difícil todavía.

¡Qué bajo ha caído el Festival de Eurovisión! Y pensar que en los tiempos de Massiel lo vivíamos con entusiasmo y admiración.

La fotografía de Larsson la he tomado de El País

martes, 26 de enero de 2010

ENTREVISTA EN EL BLOG LIBROS Y LITERATURA

Copio más abajo la entrevista que me hizo Susana Hernández para el blog Libros y Literatura. Aquí está el enlace para los que queráis leerla de primera mano. La entrevista está ilustrada con fotografías relacionadas con el texto que, como siempre, no he conseguido copiar tal como están allí (torpe que es una). Si no habéis entrado aún en Libros y Literatura, merece la pena echarle un vistazo para leer sus reseñas, los artículos de actualidad literaria y las entrevistas.

Entrevista a Carmen Santos, autora de "Días de menta y canela"

Hace unos días dedicábamos una reseña, al libro de Carmen Santos “Días de menta y canela”, así que ya habéis tenido una primera aproximación al libro, y tiempo, quizá, incluso de leerlo, pero si no ha sido así, es posible que esta entrevista a la autora os anime a iniciar de forma inmediata su lectura.

Carmen Santos nació en Valencia, el 8 de marzo de 1958. Vivió en Düsseldorf (Alemania) desde los cuatro hasta los dieciséis años. En 1974 regresó con su familia a Valencia. Allí residió hasta 1981. Ese año se trasladó a Zaragoza, concretamente al Barrio de La Jota, un barrio joven donde en los años setenta llegaron numerosos emigrantes llegados desde diversos puntos de España, y muchos retornados de Francia y Alemania; allí, años después, nacieron el mítico grupo de Rock Distrito 14 y los modernísimos raperos Violadores del verso, así como otros escritores y artistas.

En 1989, Carmen Santos se decide a abandonar su trabajo en una importante multinacional para ir tras un sueño: Dedicarse a la literatura y los idiomas. Un sueño cumplido.

De entre sus novelas publicadas debemos destacar:
LA VIDA EN CUARTO MENGUANTE, Zócalo Editorial, marzo 2003
LA CARA OCULTA DE LA LUNA, Debolsillo, septiembre 2004
DÍAS DE MENTA Y CANELA, Plaza & Janés, mayo 2007, y Debolsillo, junio 2009

Comenzamos nuestra entrevista

Y la empezaremos con nuestra habitual batería de preguntas cortas con las que Libros y Literatura pretende conocer un poco más de cerca a los escritores, y en este caso a Carmen Santos.

A la hora de escribir...

1. ¿De día o noche?
Suelo escribir siempre de día - de noche soy incapaz de redactar nada coherente - y últimamente, mi horario de escritura se concentra en la tarde.

2. ¿El papel y la pluma han pasado a mejor vida?
Me gusta mucho escribir con pluma, pero para las novelas me he acostumbrado a usar el ordenador, porque me permite corregir sobre la marcha y ver el texto en formato de impresión, sin tachaduras ni el caos visual que queda después de unas cuantas correcciones.

3. ¿La inspiración llega por sorpresa, o sorprendentemente, siempre te pilla trabajando?
A veces, ese destello, esa imagen de la que podría nacer una novela, me asalta por sorpresa y en los lugares más insospechados, pero para que no se desvanezca, hay que tomar nota de la idea y después, trabajarla mucho. De lo contrario, se va igual que vino.

4. ¿Quién es tu mayor crítico?
Mi mayor crítico es mi marido, que lee mis textos bolígrafo en mano y no me perdona ni un sólo fallo.

5. ¿Qué personaje te gustaría que leyese tu libro?
Uy, qué difícil. Tal vez uno de esos escritores neoyorquinos que tan bien retrata Paul Auster.

6. ¿Qué libro(s) estás leyendo ahora?
Acabo de terminar Invisible de Paul Auster, uno de mis escritores favoritos, y he empezado Las uvas de la ira, de John Steinbeck.

7. ¿Qué libro guardas como el más valioso?
Guardo como oro en paño algunos libros de mi adolescencia, como un recopilatorio de mitología griega de Gustav Schwab que me regalaron cuando viví en Alemania, aunque en general me gusta conservar todos los libros que compro. La consecuencia es que tengo las estanterías abarrotadas.

8. ¿Qué usas para marcar las páginas?
Un marcapáginas de esos que te dan en las librerías, cuando tengo alguno a mano. Si no es así, me sirve cualquier papel, recibo de compra o post-it. Y a veces, cuando no encuentro nada de eso, doblo la esquina de la página. Ya sé que es una guarrería… no se lo digáis a nadie…

9. ¿lees reseñas en los blogs de libros?
Sí, me gusta entrar en los blogs de libros, porque siempre descubro a autores y libros interesantes.

10. ¿El mejor lugar para leer?
Soy capaz de leer en casi cualquier sitio (menos en el autobús), pero donde más a gusto leo es tumbada en el sofá de mi casa.

Haz clic en "leer más" para leer la entrevista completa

Y ahora si te parece pasemos directamente a tu último libro “Días de menta y canela”

Susana/LyL.-
Me ha gustado mucho tu libro y me ha gustado también la nueva portada con la que ha salido esta nueva edición ¿De quién ha sido la idea del cambio?
Carmen Santos.- La idea surgió de la editorial y quiero decir que esta nueva portada me sedujo desde el primer momento. No sé si se debe a que me gustan mucho los trenes, o a que esta imagen de la mujer caminando por el andén desierto capta muy bien el espíritu del libro, pero el caso es que estoy encantada.

Susana/LyL.- Otra cosa que me ha sorprendido gratamente del libro han sido los diálogos, utilizas un lenguaje muy coloquial, muy natural que queda muy bien incorporado a esa parte narrativa tan literaria y tan cuidada. ¿Eres buena conversadora o es más cuestión de saber escuchar a los demás?
Carmen Santos.- Soy muy observadora y me fijo mucho en cómo hablan y se mueven los demás. Tomo nota de cualquier cosa y a la hora de escribir, siempre procuro que los personajes hablen de un modo natural y que su forma de expresarse refleje su origen, el ambiente en el que se desenvuelven y su forma de ser. En Días de menta y canela hay, además, muchos saltos en el tiempo y para que resultaran creíbles, los personajes debían usar expresiones de la época correspondiente.

Susana/LyL.- Y respecto de las conversaciones del pasado ¿Debes tener buena memoria para recordar como se hablaba hace 30 años, no?
Carmen Santos.-
No creas que tengo un memorión, pero recuerdo perfectamente cómo hablaban los adultos en mi infancia, o las expresiones que empleábamos los jóvenes durante los años setenta. Yo diría que el lenguaje va asociado a los recuerdos.

Susana/LyL.- El Libro me ha parecido muy visual, casi como un guión de cine ¿Nadie te lo ha propuesto todavía?
Carmen Santos.-
Todavía no, pero estaría encantada de ver a Héctor y Clara en una película.

Susana/LyL.-
La emigración en los años sesenta, por motivos económicos, se ha tocado poco o nada en la literatura española ¿Qué crees que hay detrás de este silencio y olvido de esta parte de nuestra historia?
Carmen Santos.-
Creo que en España no nos gusta recordar los tiempos en los que nosotros éramos los pobres y nuestros padres o abuelos emigraban a los países ricos con una maleta de cartón atada con correas o cuerdas. Es como si nos avergonzáramos de nuestro pasado, cuando deberíamos hacer un homenaje a aquellas personas que, como mis propios padres, salieron durante los años sesenta en busca de un futuro mejor para sus hijos y que durante mucho tiempo enviaron a España unas divisas que contribuyeron al despegue económico de este país. Y eso es lo que pretendí hacer con esta novela: rendir mi modesto homenaje a mis padres y a todos los que tuvieron el valor de emigrar en tiempos difíciles.

Susana/LyL.- Tu fuiste una niña emigrante que retornó a los 16 años a Valencia y poco después te trasladaste a Zaragoza, ¿Crees que tanto cambio ayuda a ser más abierto de miras y a sentirse un poco como ciudadano del mundo o por el contrario se aferra uno más a esa primera tierra que siempre se recuerda con un cariño especial?
Carmen Santos.-
Depende de las circunstancias en las que se mueve una persona. Los emigrantes que partieron de España en los años sesenta sin haber salido nunca de su ciudad o pueblo y sin conocer el idioma ni las costumbres del país de destino, se aferraron con uñas y dientes a los recuerdos de su país como mecanismo de defensa contra el desarraigo. Pero los que nos criamos en la emigración siempre nos hemos movido entre dos culturas, sin pertenecer del todo a ninguna. Se puede decir que no somos de ninguna parte y al mismo de tiempo de todas, por lo que estamos acostumbrados a adaptarnos.

Susana/LyL.- Tengo que decirte que creo que eres una escritora valiente pues la incorporación erótica que incluyes en tus libros me parece muy buena y creo que es una línea que las mujeres no suelen atreverse a traspasar en sus novelas ¿Te suele molestar que te pregunten siempre sobre este tama?, lo digo porque seguro que si fueses escritor casi nadie te preguntaría por este asunto. ¿Crees que aun hay machismo en el mundillo literario?
Carmen Santos.- No me molesta que me pregunten sobre el erotismo en mis novelas. Supongo que en el fondo, la sociedad sigue siendo bastante puritana y ese tema nos suele chocar, sobre todo cuando la que se “desmelena” escribiendo es una mujer. Aunque, por otro lado, leyendo las entrevistas que le han hecho a Paul Auster a raíz de “Invisible”, he comprobado que a él también le preguntan mucho por el erotismo en esta última novela. Y él es hombre y un escritor de inmenso prestigio. Tal vez se deba a que el erotismo aún despierta en nosotros un interés morboso.

En cuanto al machismo en la literatura, sí he comprobado que no se mide con el mismo rasero la literatura escrita por una mujer que la producida por un hombre. Por ejemplo, si un hombre escribe una novela de personajes haciendo hincapié en los sentimientos, se alabará la profundidad de su introspección psicológica, lo humana que es su novela y lo bien que refleja lo que sienten sus personajes. Si lo hace una mujer, su novela será tachada sin más de sentimental y romanticona, manchando estos adjetivos con una carga peyorativa que no tienen por su significado, ya que no hay nada de malo en los sentimientos ni en el romanticismo.

Susana/LyL.- Este es un libro que yo, como coordinadora de un club de lectura, veo excelente para una buena tertulia ¿Te gusta participar en estos encuentros directos con los lectores?
Carmen Santos.-
Yo disfruto mucho en los encuentros con lectores. Es una gozada poder hablar de nuestros libros con personas que los han leído a fondo y que aportarán su interpretación personal, darán un enfoque novedoso o incluso habrán leído entre líneas alguna idea que ni éramos conscientes de haber reflejado. El encuentro directo con los lectores resulta muy enriquecedor para los autores, aparte de que nos lo pasamos de maravilla.

Susana/LyL.- Llevas a tu protagonista de Valencia a Düsseldorf, de vuelta a Valencia, y le regalas un viajecito a Zaragoza, ¿Ha sido esto un guiño a la ciudad en la que hoy vives?
Carmen Santos.-
Desde luego. En la novela quise reunir las tres ciudades en las que he vivido y que, cada una a su manera, han sido importantes en mi vida.

Susana LyL.- Por cierto, Zaragoza y su provincia creció mucho en los años setenta gracias la cantidad de emigrantes que recibía procedentes de muchos sitios de España y también acogió a muchos de los retornados de Francia y Alemania. ¿Crees que esto puede estar influyendo en que esta ciudad esté dando ahora tantos y tan buenos escritores y artistas en general?
Carmen Santos.- Esos movimientos migratorios siempre enriquecen el ambiente cultural, aunque también hay que decir que Zaragoza ha dado muchos artistas importantes a lo largo de la historia. Lo que ocurre es que antes, para destacar había que emigrar forzosamente a los lugares donde se movía la vida cultural, mientras ahora, gracias a internet, podemos dar a conocer nuestro trabajo sin tener que abandonar nuestro entorno.

Susana/LyL.- Tu protagonista encuentra su noticia en la red. Nosotros vivimos en la red ¿Crees que los blogs como LyL estimulan a la lectura y colaboran a difundir la cultura en general? Carmen Santos.- Ya lo creo que sí. En los blogs como LyL hacéis una valiosa labor de difusión cultural, acercando a los lectores muchas obras que de otro modo, dada la avalancha de libros que suelen inundar las mesas de novedades, tal vez pasarían desapercibidas. Y, por supuesto, fomentáis la lectura.

Susana/LyL.- En nombre de LyL y de todos nuestros lectores, muchas gracias Carmen.

Pues bien amigos, queríamos conocer mejor a Carmen Santos, la autora de Días de menta y canela, y no hay duda de que lo hemos conseguido, hemos descubierto en ella una escritora abierta, clara, amena, simpática y comprometida con la historia.
Susana Hernández, para LyL

domingo, 24 de enero de 2010

HOMENAJES

Hoy la entrada va de homenajes. El primero dedicado a Jean Simmons, la actriz británica que murió ayer a los 80 años. Interpretó películas como Hamlet, Cadenas rotas, Ellos y ellas o El fuego y la palabra, aunque yo la recuerdo sobre todo en el papel de Varinia en el Espartaco de Stanley Kubrick. Allí interpretaba a la mujer de Kirk Douglas, o Espartaco, el gladiador rebelde, musculoso y lleno de dignidad que lideró una rebelión de esclavos abocada al fracaso. Un peliculón que no me canso de ver, a pesar del empeño de los responsables de televisión en hacernos aborrecer esta historia programándola todos los años (o casi todos) para Semana Santa. Con Jean Simmons se nos va otro icono del cine a los que crecimos viendo películas del Hollywood clásico cuando aún las echaban en la tele, lejos aún de los reality shows y de los guirigays cutre-salchicheros al estilo de Dónde Estás Corazón y Sálvame.



También se cumplieron ayer cien años del nacimiento de Django Reinhardt, gitano de lengua francesa nacido en Bélgica y uno de los mejores guitarristas de jazz de todos los tiempos. En 1934 formó en París, junto al violinista Stéphane Grappelli, otro clásico del jazz, el Quinteto Hot Club. Aquí una muestra de ese jazz tan parisién con Nuages, tema que fue todo un éxito comercial en su día y que a mí siempre me hace pensar en las viejas películas de Jean Gabin:

viernes, 22 de enero de 2010

LOVE STORY

He tenido esta casa un poco abandonada últimamente, pero después de una semana bastante liada en la que no he dispuesto de tiempo para actualizar el blog, prometo enmendarme.

Para empezar, una noticia noticiosa: ¡Estreno página web! Tras unos días de pruebas, ya está operativa mi nueva web diseñada por Abdis. Podéis echarle un vistazo en la dirección www.carmensantos.es.

Y después de esta introducción, un bañito de nostalgia. El otro día venía en el periódico la noticia del fallecimiento de Erich Segal, el autor de Love Story. A la gente joven tal vez ni le suene quién fue este señor, pero los que tenemos unos añitos, o mejor dicho, las que tenemos unos añitos, aún recordamos la absurda frase que decían en la lacrimógena película de 1970 basada en su novela: El amor significa no tener que decir nunca lo siento. Una lindeza que hizo gracia al personal y acabó adornando los pósters que colgábamos en nuestras habitaciones de adolescentes enamoradizas. Luego estaba la banda sonora compuesta por Francis Lai. Una melodía suave y pegadiza que en su día cantó todo aquel que tenía voz y tocó todo aquel que tenía manos. Ahora me parece empalagosa, pero a los doce años esas cursiladas me hacían soñar. Sobre todo, teniendo en cuenta que el protagonista de Love Story era un Ryan O’Neal joven, musculoso y viril, que aún se hallaba muy lejos de convertirse en el señor gordote que aparece de vez en cuando en Mujeres Desesperadas. Claro que los años también pasan para los guaperas de Hollywood.

Yo vi la película varias veces. La primera en una expedición de amigas equipadas con un considerable cargamento de pañuelos de papel, porque la campaña publicitaria había difundido imágenes de gente que salía del cine llorando a moco tendido. La sugestión hizo efecto y cuando la protagonista murió de leucemia, no quedó en la sala ni un ojo seco ni un paquete de pañuelos entero. Me enamoré platónicamente de Ryan O’Neal y a partir de entonces, arrastré al cine a toda amiga que se dejara embaucar para ver de nuevo una película simplona que no merecía tanta peregrinación. Pero, ya se sabe que las hormonas adolescentes nublan la razón. Más adelante convencí a mi padre para que me dejara encargar la novela de Segal al Círculo de Lectores, al que estábamos suscritos en Alemania. Tampoco recuerdo que el libro poseyera una gran riqueza literaria, aunque huelga decir que en su día me gustó. Y no sólo a mí, a juzgar por las desmesuradas ventas en todo el mundo que convirtieron a Segal en millonario.

Han pasado cuarenta años desde aquella movida. No sé cuanta gente se acordará hoy en día de Love Story o de su autor, pero en mi memoria Segal, su novela y el entonces guaperas de Ryan O’Neal ocupan una parcelita especial.

(La fotografía es de www.coveralia.com)

viernes, 15 de enero de 2010

UNA MALA Y OTRA BUENA

1. Enlazo el interesante artículo que publica hoy David Trueba en El País en relación con el terremoto de Haití, que ha devastado un país ya de por sí paupérrimo. Ante las espeluznantes imágenes que nos sirven los medios en estos días, no he podido evitar pensar que, a veces, los ciudadanos del llamado primer mundo nos comportamos como niños mimados, persiguiendo quimeras absurdas y quejándonos muchas veces por nimiedades. No digo que nuestra crisis actual no esté siendo dura, que lo está siendo y mucho, pero, a diferencia de lo que ocurre en el tercer mundo, por lo menos aún tenemos acceso a una asistencia médica gratuita y podemos comer de caliente todos los días. Que no es poco.

2. Y paso a un tema más optimista. Muy optimista, incluso. Susana Hernández ha reseñado Días de menta y canela en Blog de Libros y Literatura, un espacio muy recomendable y muy trabajado de reseñas y noticias literarias. Copio el texto a continuación (he intentado incluir también las fotografías con las que Susana ha ilustrado la reseña, pero no he sido capaz) y pongo aquí el enlace para quien desee leerlo de primera mano. También hallaréis el link de este blog en mi lista de blogs favoritos.

Muchas gracias, Susana e Iván.

Opinión: Una buena novela que a través de una trama de intriga nos llevará con humor a recordar una parte de nuestra historia: España fue un país de emigrantes.

He leído el libro de Carmen Santos, Días de menta y canela, y será porque me cuenta una historia que me creo, porque su lectura me ha entretenido y en muchos pasajes incluso divertido, o porque me ha recordado que en mi más tierna infancia también me separaron de mis amigos, de mi cultura y de mi lengua; o será porque me aproximo peligrosamente a esa edad madura en la que, como la protagonista, intento, con el mejor de los humores, aceptar que la ley de la gravedad hace su trabajo día a día, será pues por todo ello, como os decía, que el libro me ha resultado excelente en la forma y en el fondo.

La protagonista, Clara Rosell, valenciana y felizmente casada con Emilio (un abogado ya algo fondón, que fuera en el pasado novio de su hermana Anita) y madre de dos hijos (tipo Zipi y Zape), decide volver a trabajar incorporándose a la redacción de un periódico sin tener experiencia alguna en la materia, lo que le crea grandes inseguridades.

Una noticia en internet atrae su atención: la muerte de un emigrante español, Héctor Laborda, en la localidad de Düsseldorf, ciudad alemana en el que, junto con su familia, nuestra protagonista pasara sus años de emigrante. La imagen de este español, viejo, sólo, y rodeado de curiosos recuerdos de otra época, como una botella de Fundador y una raída Biblia abierta por un durísimo salmo, y sus propios recuerdos de niña emigrante, será lo que le haga intuir que detrás de todo ello puede haber una buena historia. Y la hay.

Animada por su esposo, convence a su jefe y viaja a Düsseldorf acompañada de Héctor, un empresario zaragozano, hijo del fallecido, y hasta el que le ha llevado el inicio de su investigación.

En Düsseldorf conoceremos a un curioso y viejo jesuita, Antonio Vargas, amigo del fallecido y a Elke, la mujer por la que Héctor (padre) renunció a su esposa y a su hijo. Gracias a ellos nuestra protagonista podrá ir formando el puzzle de la vida del difunto Héctor.

Pero ¿Qué es lo que hace a este libro tan interesante?

(Haz clic en "Leer más" para seguir leyendo la reseña de este libro)

Fundamentalmente que estamos ante una novela en la que nos van moviendo en el tiempo con mucha soltura, de los duros años sesenta a la actualidad. Y si bien pudiera haber alguna parte autobiográfica en la novela, ya que la vida de la propia autora corre paralela a la infancia y juventud de Clara, esto le da fuerza a la parte del relato en la que rememora su vida, la de su familia y sus amigos, al igual que la de todos aquellos hombres que se embarcaron en ese “Tren de la Ilusión” que llevaba a los emigrantes españoles hasta Alemania, con el sueño de poder llevar con ellos a los suyos lo antes posible para compartir ese nuevo paraíso.

¡Que bien nos narra el penoso viaje del padre, las durísimas condiciones de trabajo, la alegría del reencuentro con su mujer y su hija, la decepción de quién espera el paraíso y encuentra sólo un duro día a día, el hacinamiento en los hogares, la añoranza de la tierra!

Y… ¿A qué me suena todo esto? ¡Qué fácil ha sido para este país olvidar lo duro que es ser emigrante! ¿Cómo no podemos entender que aquellos que hoy llegan a nuestras tierras quieran conservar algo de su cultura y costumbres, y el idioma, esa barrera que parece infranqueable pero que generalmente termina por ceder?

Pero el libro es mucho más que estos recuerdos del ayer. Hay una buena investigación que se sostiene, que podría ser por sí misma una trama de novela negra bien construida y con un desenlace independiente del propio final del relato. Estupenda base para una película pues la descripción casi la podemos ir viendo fotograma a fotograma.

Y sobre estas historias la vida de Clara. Lo que fue, lo que es, lo que podría ser y lo que será.

Clara y Héctor recorrerán Düsseldorf de la misma manera que se recorrerán el uno al otro, con la pasión que, según dicen aquellos que ya la han alcanzado, reaparece con la madurez; erotismo, sexo desinhibido y desbocado pero cerebral, se hace lo que se desea y se afrontan las responsabilidades. Y es que Clara y Héctor vivirán una hermosa historia de amor y pasión en la que ambos deberán tomar decisiones importantes para su futuro.

Me gusta que esta autora se adentre en este mundo erótico pues como ella misma dice:

“Si en la literatura hablamos de muerte, guerra, dolor, enfermedad, si los protagonistas trabajan, comen, duermen, sufren, hacen planes, ¿por qué no podemos describir cómo exploran el cuerpo de la persona de la que se han enamorado? Pienso que el erotismo es una parte fundamental del amor y de nuestras vidas y merece tener su lugar en la literatura”.

No puedo terminar esta reseña sin comentar los diálogos que contiene el libro, y es que por fin he encontrado en ellos el vocabulario de la calle, el real, ese que todos hablamos y escuchamos, y además, para los que ya tenemos unos añitos, vemos que logra el mismo efecto tanto en las conversaciones actuales como en las de sus recuerdos infantiles y juveniles.

Días de menta y canela fue ya publicada por Plaza & Janés en 2007, en la actualidad ha sido reeditada en este formato por DEBOLSILLO, y para mi gusto con una portada mucho más acertada. Y creo que merece esta reedición y que se siga leyendo por tres razones:

Primera: Porque es divertida y está contada con el humor de quién sabe reírse de sí mismo. Es de lectura rápida y ligera, sin adornos o descripciones superfluas, y nos permitirá leer tres novelas en una. Una buena novela negra, una intimista y una de amor, y toda ella rodeada de ese gran sentido del humor.

Segunda: Porque ahora que tanto hablamos de la recuperación de la memoria histórica, creo que también debemos recordar esta parte de nuestra historia, y Carmen Santos ha logrado trasladarme la forma de vida de esas familias que emigraron por motivos económicos y que se llevaban con ellos esa imagen idealizada de lo que dejaron atrás. Y tras el retorno, el reencuentro con la tierra que tanto habían añorado estando lejos y esa extraña sensación de no ser ya de ninguna parte.

Tercero: Finalmente, Días de menta y canela, nos hará reflexionar sobre el paso del tiempo, el personal y el social.

En lo social coincido con la escritora cuando dice:

“Creo que los españoles somos reacios a recordar que no hace tanto años, éramos nosotros los que debíamos emigrar para poder salir adelante. Es como si ahora que vivimos bien, consumimos como si nos hubiéramos vuelto locos y nos hemos convertido en receptores de inmigrantes, nos diera vergüenza recordar que España siempre fue un país del que la gente emigraba a América, o a la Europa rica en los años sesenta, para poder comer de caliente”.

En lo personal, os diré que me ha hecho pensar en que acumulamos con el paso de los años experiencias, amigos, recuerdos, todo un pasado que está ahí y que no podemos cambiar; pero siempre que queda vida tendremos este presente que hay que vivir intensamente, y un futuro con el que podremos seguir soñando.

Susana Hernández

lunes, 11 de enero de 2010

DE TODO UN POCO...

Acabo de hacer una breve incursión en los periódicos on-line y me encuentro con la noticia del fallecimiento del director de cine francés Eric Rohmer. No era uno de mis directores favoritos, aunque sí me gustaban sus películas. Quizá podían resultar algo lentas, pero eran muy incisivas en lo psicológico y de gran elegancia en lo visual. Rohmer se ha ido con 89 años y un montón de películas en su haber.

Y leo otra noticia que me parece curiosa. O alucinante. O esperpéntica. No sé cómo calificarla. Según dice el titular del artículo: “Decenas de miles de mujeres publican el color de sus sostenes en Facebook”. Al parecer, añaden a sus perfiles de Facebook un color que hace referencia al de su sujetador. No se sabe muy bien de dónde ha salido la iniciativa, aunque la relacionan con una campaña para concienciar sobre los peligros del cáncer de mama y la necesidad de su prevención.

Debo de estar quedándome anticuada, pero ¿qué sentido tiene proclamar a los cuatro vientos el color de nuestra ropa interior siguiendo una convocatoria de procedencia dudosa? ¿Es que no hay otra forma de concienciar al prójimo (o la prójima) sobre la importancia de prevenir el cáncer de mama? Vamos, yo no suelo cortarme un pelo cuando escribo en mis novelas sobre amor, erotismo y otros temas, pero… de ahí a dar detalles sobre el color de mi ropa interior...

Pues va a ser que no.

(La fotografía la he tomado de El País y es de Reuters)

martes, 5 de enero de 2010

EL MES DE LOS BUENOS PROPOSITOS

Entre excesos gastronómicos y algún kilo nuevo nos hemos plantado en el mes de enero que, junto con septiembre, tal vez sea la época del año en la que más buenos propósitos nos hacemos. De repente, todos nos planteamos comer de modo más saludable, hacer más deporte, ser más amables y disfrutar de esas pequeñas cosas que siempre desdeñamos en nuestra busca de sueños vistosos y, a veces, inalcanzables. En enero suele haber overbooking en las bicicletas de los gimnasios, las consultas de los nutricionistas se llenan de penitentes del turrón y en las rebajas nos sacan los últimos euros que no habíamos quemado en derroches navideños. Y en cuanto se nos diluye la morriña del cambio de año, volvemos a nuestras pequeñas miserias de siempre.

Por eso, hace mucho que no me planteo cambiar de vida cuando irrumpe enero. No me propongo volverme más alta, ni más rubia, ni llegar a correr la maratón de Nueva York (es un decir). Mis propósitos para el nuevo año se reducen a tomarme las cosas con más filosofía - porque soy muy dada a comerme el coco -, a resistir lo que haga falta - porque, como decía Cela, el que resiste, vence - y a empezar a trabajar en una nueva novela que tengo en mente. Una historia que, en compañía de otra, llevaba rondándome desde hace algún tiempo y al final ha acabado por imponerse a su rival. Y es que tienen razón los que dicen que las historias nos encuentran abriéndose camino en la cabeza hasta desbancar a cualquier competidora (algún día hablaré con calma sobre cómo me abordan a mí).

Por lo demás, y en vista de cómo está el patio de la economía, esperemos que se vean pronto esos famosos brotes verdes de los que habla todo el mundo con tanto afán.

Que se os den muy bien los Reyes esta noche y... no olvidéis colocar los zapatitos para cuando lleguen montados en sus camellos (aunque igual ahora van en moto como los de Telepizza, vete a saber).

Y para acabar esta primera entrada del año, una versión de Celia Cruz de I will survive. ¡Asssúuucaaar!!!!!!!!


jueves, 31 de diciembre de 2009

RESEÑA EN LO QUE LEO

Abandono el letargo navideño para colgar la reseña de Días de menta y canela que ha escrito Rosalía en su muy recomendable blog Lo Que Leo (en este link y también más abajo en mi lista de blogs.

Copio aquí lo reseña, que también podéis leer de primera mano en este enlace.

Muchas gracias, Rosalía.

¡Os deseo a tod@s que lo paséis muy bien esta noche y FELIZ 2010! Nos vemos el año que viene…

"Clara, la protagonista, mujer cuarentona, casada, con dos hijos, y que pasó su infancia en Düsseldorf al ser hija de padres emigrantes, es una periodista que no acaba de despegar laboralmente. Su vida cambia radicalmente cuando a finales de diciembre lee una noticia en un periódico digital alemán que hace referencia a la muerte de un anciano emigrante español en el sillón del salón de su casa. La imagen que ilustraba el artículo retrataba una biblia que se encontró sobre las rodillas del cadáver, abierta por el Salmo 51, Misesere, y con unas líneas subrayadas a lápiz. Clara en seguida se siente atraída por la noticia y por la foto, y consigue que su jefe le deje escribir un artículo sobre ello.

Pero para eso deberá investigar, por lo que se desplaza primero a Zaragoza donde vive el único familiar del finado anciano: su hijo Héctor Laborda, el cual no sabe nada de su padre desde que era un niño, y que tras ser reacio a ayudarla y apoyarla en un primer momento, después se embarca con ella en un viaje que los llevará hasta Düsseldorf. Allí contactan en un principio con Antonio Vargas, un cura que les orientará a la hora de desenmarañar el pasado del padre de Héctor.

Genial novela la de esta escritora valenciana que acabo de descubrir. Me ha gustado mucho. "

Por cierto, ¿recordáis aquella canción navideña de George Michael de hace ya algunos añitos?

lunes, 21 de diciembre de 2009

DESCANSO NAVIDEÑO

Me tomo unos días de descanso navideño para preparar como es debido el super-encuentro familiar de estas fiestas. Feliz Navidad a tod@s y que el Año 2010 venga cargado de felicidad, éxitos y todo tipo de cosas buenas. Y que os traigan muchos regalitos los Reyes.
Hasta la vuelta.
Y mientras tanto, os dejo con Mister Bean.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Billie Holiday y Chanel

Ya se sabe que con la proximidad de la Navidad proliferan los anuncios de juguetes, los de turrones y los que quieren vendernos perfumes de nombre casi siempre francés, que una voz aterciopelada susurra al final del spot con un tema de jazz como música de fondo. Pues este año le ha tocado el turno a Billie Holiday, cuya grabación de I’m a fool to want you han empleado para el anuncio de Chanel Nº 5, protagonizado por Audrey Tautou y un chico muy guapo, aunque algo light, llamado Travis Davenport, según he pesquisado en Google. La verdad es que les ha quedado a los de Chanel un anuncio de lo más glamouroso e incluso cinematográfico. Además, siento una gran debilidad por los trenes y me gustan los viajes nocturnos en coche-cama– quizá se deba a que por vía materna desciendo de ferroviarios: mi abuelo y un tío fueron maquinistas de tren y el otro tío trabajó muchos años de revisor -, por lo que les perdono la herejía de usar a la divina Billie Holiday para vender perfumes.

Cuelgo aquí la versión corta del anuncio (hay una más larga en este enlace):



Y, naturalmente, un vídeo de Billie Holiday…



y para acabar, otro de Chet Baker tocando el mismo tema.

lunes, 14 de diciembre de 2009

A propósito de algunos modelitos

La otra mañana esperaba yo en un semáforo a que se pusiera verde para los peatones y pasó rozándome un chaval en bicicleta, ataviado con una sudadera anchísima, de esas en las que caben dos personas por el mismo precio, y una gorra de rapero con una visera enorme vuelta hacia atrás. O sea, encajada en la misma nuca. Y no es que me sorprenda a estas alturas ver a jóvenes, y no tan jóvenes, andar por ahí con la cabeza cubierta de esa manera, o con los pantalones tres tallas más grandes y lo suficientemente colgueros para que asomen los calzoncillos de marca, o los tangas, en el caso de las chicas. A los dieciocho años, yo llevaba modelitos tan raros como esos, o incluso más. De los que ahora me provocan la risa tonta (o incluso espanto retrospectivo) cuando veo las fotos de entonces.

Pero a esas horas de la mañana, la mente no me daba para mucho y me dio por cavilar cómo se pondrán de moda esas cosas. Porque digo yo que en alguna parte del mundo mundial, alguien tuvo que ser el primero en colocarse la gorra con la visera hacia atrás, o en hacerse un peinado de rastas para cabrear a sus padres, o en sacarse la ropa interior por fuera para que se vea (esto, por cierto, me recuerda al discurso del nuevo presidente en Bananas de Woody Allen, véase el vídeo más abajo) y después, a otros les haría gracia y lo imitarían hasta convertir algo más bien absurdo en una especie de uniforme obligatorio para los que se sienten “enrollaos” y quieren dejárselo bien claro a los demás. Igual que ocurría cuando se impuso la moda hippy en los setenta y todos andábamos por ahí vestidos a lo “flower power” y creyendo que seríamos jóvenes y rebeldes eternamente. Es ley de vida, aunque vistos desde fuera y con la distancia de la edad, algunos modelitos hacen sonreír, por decirlo suavemente.
(La fotografía de Will Smith es de aquí)

La escena del discurso de Bananas:



Y un vídeo con profusión de viseras y pantalones colgueros:

martes, 8 de diciembre de 2009

RESEÑA EN CONFIESO QUE HE LEÍDO

Gww del estupendo blog de libros Confieso que he leído (está en mi lista de blogs favoritos), ha reseñado Días de menta y canela.

Muchas gracias, Gww.

Copio a continuación la reseña y, para los que la queráis leer de primera mano, aquí tenéis el enlace.
(La fotografía es de www.cervantesvirtual.com)
Carmen Santos decidió dar el atrevido y peligroso salto de renunciar a un empleo confortable por dedicarse a la traducción, los idiomas y la Literatura; en definitiva, por perseguir una ilusión. Y parece haber ganado la complicada apuesta tras algunos relatos reconocidos en varios concursos literarios y la publicación de tres novelas.

Días de canela y menta -su última novela- publicada en Plaza & Janés en 2007 ha sido reeditada recientemente en formato de bolsillo. Resumo brevemente su argumento según el guión que anticipa la contraportada. Clara Rosell, una cuarentona estresada, madre de dos hijos y casada felizmente ha decidido volver a la rutina laboral incorporándose a la redacción de un periódico de reciente lanzamiento sin tener mucha idea ni experiencia en materia periodística. Una noticia leída al azar en internet atrae su atención: la muerte de un emigrante español –Héctor Laborda- en Düsseldorf, solo, rodeado de recuerdos de otra época y sosteniendo una Biblia mugrienta abierta por un salmo penitencial. No es ajeno al interés de Clara el hecho de haber vivido parte de su infancia precisamente en Düsseldorf, junto a su familia. Su padre también emigró en busca de sustento y un mejor futuro para los suyos. Clara intuye que esa noticia puede dar pie a un artículo sobre la inmigración española de los años sesenta. Venciendo la resistencia de su jefe, viaja a Düsseldorf acompañada de Héctor, hijo del fallecido, que no ha tenido noticias de su padre desde los seis años, cuando su madre regresó a España avergonzada por la infidelidad de su marido.

Entre ambos recorrerán el viejo Düsseldorf entrevistando a un viejo jesuita, Antonio Vargas, amigo de Héctor y con Elke, la mujer por la que Héctor renunció a su esposa y a su hijo, pecado del que nunca se perdonará. Gracias a ellos conocerán parte de los misterios que envolvieron la vida de Héctor y deberán averiguar por su cuenta las restantes piezas. Finalmente, la intriga se resuelve; Clara y su acompañante reconstruyen los terribles sucesos que golpearon a Héctor y que le llevaron a una vida de desolación y a la muerte en la más absoluta soledad.

Claro que los investigadores aficionados tendrán tiempo para enredarse en un complejo juego que parte del coqueteo y continua con la pasión enfebrecida de quienes tratan de anteponer su deber de fidelidad a sus deseos (no despejaremos dudas sobre el resultado de tanta contención y si ésta finalmente cede o se impone como salvaguarda de la vida familiar que ambos desean preservar).

Y dicho así, parecería un argumento lineal que invita a una lectura plácida y convencional. Sin embargo, el planteamiento de Carmen Santos es más ambicioso. Junto a la intriga descrita, se nos presenta la vida de Héctor Laborda, sus motivaciones y sufrimientos desde la perspectiva de las dos personas que mejor le conocieron (Antonio y Elke) pero también desde el punto de vista de su hijo que parte por despreciar a su padre pero que termina por ir abriéndose a una imagen más real, quizá no menos dolorosa.

Sin embargo, los pasajes más brillantes de la novela son los correspondientes a la remembranza de la protagonista y narradora, la recuperación de la memoria sobre la vida de su familia, muy similar a la de Héctor Laborda, que se inicia en el Tren de la Ilusión que llevaba a los emigrantes españoles directamente a las fábricas alemanas. Clara reconstruye esa epopeya recordando las viejas historias oídas de su padre: cómo viajaban hacinados, cómo eran recibidos a su llegada, las duras condiciones de trabajo. Para el resto de los hechos no necesita recurrir a palabras prestadas; desde los cuatro años vivió en Düsseldorf las penurias de la emigración. Rodeados de austeridad, el objetivo era ahorrar el suficiente dinero para poder regresar a España. Creció en un ambiente más liberal que el que se podía respirar en su país pero siempre bajo la atenta mirada de su padre, temoroso de la contaminación de los extranjeros y sus licenciosas costumbres.

Carmen Santos logra trasladarnos la angustia de esa vida alejada de la patria, que embalsama el recuerdo de sus costumbres y rectos principios junto con buenas dosis de distorsión para defenderse de un modo de vida extranjero, olvidando que el mundo sigue girando, incluso para aquella España aislada y monolítica en apariencia. Una vida en la que los tópicos (el sol, el autogiro, el submarino, el éxito de Massiel en Eurovisión) son muestras del genio hispano y en la que aquello en lo que no se despunta se atribuye a la envidia, al complot extranjero. Es el drama de la emigración uno de los ejes vertebradores de Días de menta y canela asomándonos a una parte de nuestra historia que no parece haber tenido mucho eco en el cine o en la Literatura, ni tan siquiera en estudios académicos. Una etapa que según la autora, se olvida por vergüenza, por no recordar que en aquella época muchos españoles tuvieron que salir fuera de su país, con pobres maletas de cartón, para ganar el pan que no podían lograr en su país. Y con sus remesas contribuyeron también al desarrollo de una España que ya apenas reconocerían a su regreso. Huyeron del hambre y la penuria pero volvieron (los que lo hicieron) a una España que se parecía más (salvo en lo político) a Alemania o a Suiza que lo que habrían podido imaginar; a una España en la que los pueblos de pescadores se habían convertido en paraísos para el turismo y donde las descocadas extranjeras podían exhibirse igual de frescas que en sus países sin que las autoridades lo impidieran. Condenados, por tanto a ser ya extranjeros en cualquier lugar del mundo.

Pero quizá el motivo de este olvido sea también el de no mirar de frente el mismo drama que hoy se vive en nuestras calles, el de los emigrantes que aquí vienen con la misma intención que la de aquellos que se fueron. Y no basta afirmar, como hace el padre de Clara en un pasaje de la novela, esa idea de que “los de ahora vienen sin papeles”, pues la motivación que les mueve es la misma y frente a ella no hay traba burocrática que se interponga. Y Días de canela y menta también nos abre a la reflexión sobre los motivos para la falta de integración. Pensemos en por qué nos parece tan divertida la escena en la que Massiel se impone a Cliff Richard o en el rechazo que los cuadraos -perdón, los alemanes- inspiran en el padre de Clara, el escondido desprecio mezclado con cierto complejo de inferioridad; y sin embargo, cómo exigimos que otros adopten nuestras constumbres y renuncien a las suyas. No es fácil hallar un término medio, quizá no lo haya, pero comprender la razón del otro es un paso y empatizar con nuestros compatriotas emigrados de aquella época es un buen comienzo.

Si tras leer la novela conocemos que su autora, Carmen Santos, vivió unos doce años en Düsseldorf, que su padre –al igual que Héctor Laborda- fue empleado de Correos en esa ciudad, que regresó en plena adolescencia a Valencia y que posiblemente pasara por muchas de las situaciones que describe en su novela, tendremos una justa dimensión de lo que supone esta obra para su autora.

Es un lugar común que todos los autores comienzan (o terminan) por escribir sobre ellos mismos, sus recuerdos o su experiencia. Creo, sin embargo, que una obra hay que juzgarla por su mérito, sin que interfiera la biografía de su autor salvo para enriquecerla, y en este caso parece que Carmen Santos ha logrado combinar su propia experiencia con un material de ficción que aleja a la novela de un mero relato biográfico.

No dejaré de lado el otro gran tema que sustenta la trama de esta novela: la pasión y el sexo. Incluso en las retraídas y pacatas mentes de los españoles emigrados cabía esperar el triunfo de esa pasión por encima de la conveniencia. Y así, Héctor Laborda se enamora de Elke perdiendo a su familia. El mismo fenómeno parece repetirse años después en su hijo que se enamora de la periodista Clara Rosell hasta el punto de querer renunciar también a su familia. Pero ya no hay españoles como los de antes, “el hábito puede atar tanto como la pasión más desaforada” le replicará una Clara no muy segura de lo que dice, inmersa en su calentura. “A nuestra edad, los dos sabemos que a la larga ninguna pasión puede compensar tantas renuncias” concluye la juiciosa periodista. Pero también es válido su opuesto, y es que no hay peor amargura que la de no haber tenido valor para perseguir un sueño. Normalmente aplicamos una u otra respecto a terceros en función del resultado ya conocido, una historia de amor hermosa (si concluye bien) o una pasión momentánea que tiró por la borda toda una vida (si el experimento fracasa) y es que lo difícil es siempre decidir uno mismo.

Por último, una mención al estilo de Carmen Santos del que destaca la facilidad en la escritura con figuras y metáforas realmente creativas y un extraordinario oído para los diálogos plagados de coloquialismos, adecuados a cada uno de los momentos históricos en que discurre la conversación.

Como siempre, una novela abre más puertas que las que cierra, Días de menta y canela abre una poco frecuentada, como la de esa página de nuestro pasado reciente, haciendo un verdadero ejercicio de memoria histórica y homenaje a unos hombres y una época que no merecen caer en el olvido.

jueves, 3 de diciembre de 2009

PAPA NOËLES PROUSTIANOS

Estos últimos días, ante la invasión de adornos navideños, de turrones y polvorones en los supermercados, y de escaparates adornados con cascadas de luces parpadeantes que me recuerdan a las que coloca Flanders, el empalagoso vecino de Homer Simpson, me ha dado por acordarme de las navidades alemanas de mi infancia. Qué le vamos a hacer. De vez en cuando me dan ramalazos nostálgico-proustianos, aunque a mí no me atacan comiéndome una magdalena evocadora de tiempos perdidos. Me basta con caminar por las calles pre-navideñas de mi ciudad. Y eso que ahora están llenas de papa Noeles hinchables que bailotean y cantan Jingle Bells sin parar. Pero la nostalgia es capaz de asomar la faz hasta rodeada de horterez a granel.

Aunque ahora no me guste la Navidad, sí hubo un tiempo en el que disfrutaba de estas fiestas desde el momento en que iba con mis padres a comprar un abeto. Un árbol de verdad, recién cortado, que un señor en anorak, con la cabeza cubierta por un gorro provisto de orejeras y las manos enfundadas en guantes acolchados, vendía en un tenderete provisional de los muchos que había instalados por todo Düsseldorf. Ya sé que es una herejía cortar un árbol para adornar el salón durante tres semanas, pero de niña no pensaba esas cosas. En cuanto colocábamos el abeto en un soporte de cerámica que llenábamos de agua, el salón se colmaba de olor a bosque. Después, cubríamos sus ramas de espumillón e hilos de plata y le colgábamos bolas multicolores, que eran de cristal muy fino y se rompían en mil pedazos si las rozábamos y caían al suelo.

Diciembre era el mes de los bombones, de pequeños papa Noëles de chocolate que vendían en el supermercado y de sabrosas mandarinas, que al pelarlas desprendían un aroma que acababa mezclándose con el del abeto. Era el mes del adviento y a los niños nos compraban un calendario con motivos navideños, que tenía troquelada una ventanita por cada día, desde el uno hasta el veinticuatro, que solíamos abrir por las mañanas para ver el dibujo que había debajo. En algunos calendarios, en lugar de descubrir un dibujo, el aliciente era encontrar en la casilla correspondiente una pequeña chocolatina. Y en todas las casas (al menos, las que yo conocí) había una corona de adviento hecha con ramas de abeto que sostenía cuatro velas, de las que encendíamos una cada domingo hasta que, al llegar la Nochebuena, ardían las cuatro a la vez. Nunca fui religiosa ni me paré a pensar en lo que significa toda esa liturgia del adviento. Simplemente me gustaba por el colorido de las coronas y por sus velas rojas, por la sorpresa de descubrir cada mañana un dibujo diferente en el calendario (o una chocolatina, si había convencido a mi madre para que me comprara un calendario de los que llevaban chocolate) y porque cada día que pasaba, se iba acercando la Nochebuena y con ella, la ilusión de recibir los regalos.

Diciembre era el mes de la nieve que pintaba de blanco las calles, los tejados y los jardines. Era cuando sacábamos el trineo del trastero y nos deslizábamos sobre él montículo abajo una y otra vez, hasta que se nos quedaban los pies helados y convenía regresar a casa para recuperar la sensibilidad de los dedos. Cuando hacíamos muñecos de nieve que aguantaban en los jardines durante días. Y cuando organizábamos batallas de bolas de nieve hasta acabar todos empapados y congelados hasta el tuétano.

Eran otros tiempos.

Y ya es hora de cortar esta evocación nostálgico-proustiana, provocada por esos señores barrigones y barbudos importados desde Estados Unidos que visten de rojo y gritan “ho-ho-ho” y, francamente, no me gustan nada.

(Las fotografías son respectivamente de blog.labbe.de, tu-postal.com y www.zeno.org)

jueves, 26 de noviembre de 2009

CITA

Hoy traigo una cita de Esther Tusquets. Acabo de leer Confesiones de una vieja dama indigna, la continuación de Habíamos ganado la guerra. En esta entrega, Esther Tusquets habla de los comienzos de la editorial Lumen hasta su venta al grupo Random House Mondadori, de los hombres y mujeres a los que amó, y también desfilan por el libro agentes literarios, escritores famosos y menos famosos, y editores como Carlos Barral y Jorge Herralde, por citar a dos de los míticos. Pero el interés de este libro no sólo está en las sabrosas anécdotas que cuenta sobre el mundo editorial y literario, sino en las reflexiones de la autora sobre la vida y la muerte, el amor y los celos, la lealtad y la traición, la maternidad. Y nada más empezar a leer, encontré en las primeras páginas una frase que me llamó la atención, porque Tusquets expresa algo que llevo pensando desde que nació mi hijo, y además, ella lo escribe casi con las mismas palabras que llevo en la cabeza desde hace años. Cito un extracto del párrafo en el que habla de los hijos:

Y le sorprende a una durante bastante tiempo descubrirse ante ellos rendida casi de antemano, aunque intente inútiles gestos de protesta, pues los hijos son, al menos para mí, y eso sí lo descubres pronto, irrenunciables. Puedes romper con tus padres, con tus maridos, con tus amantes, incluso con tus mejores amigos, pero no puedes romper con tus cachorros, y eso te deja inerme entre sus manos, y causa una molesta irritación.

La de veces que habré pensado yo lo mismo desde la primera vez que sostuve a mi hijo entre los brazos. La de veces que taché a mis padres de pesados cuando se preocupaban por tonterías, o lo que me parecían entonces tonterías, para comprobar, años después, que ahora la que se preocupa por tonterías y se pone pesada soy yo. Sí, los hijos son irrenunciables y al principio cuesta aceptarlo, porque cambian nuestra existencia de raíz y eso hay que digerirlo. Desde su llegada, la vida deja de pertenecernos y pasa a girar para siempre alrededor de ellos. Pero los hijos también nos salvan del egoísmo de vivir encerrados en nuestro caparazón, pendientes de nuestro bienestar, nuestros males y nuestras neuras.

Y que conste que no pretendo ponerme babosa, ni en plan “madre no hay más que una”. Pero es que encontrarme en un libro con una reflexión que coincide de tal manera con lo que pienso desde que me convertí en madre, me ha abierto el grifo de la disertación.

lunes, 23 de noviembre de 2009

SERRAT Y MIGUEL HERNÁNDEZ

He leído en El País que Joan Manuel Serrat va a sacar otro disco con poemas de Miguel Hernández para celebrar el centenario del poeta (link del artículo). También habrá gira. No sé si esta nueva adaptación de los versos de Miguel Hernández conseguirá igualar en mi bagaje sentimental a aquel disco de vinilo que nos ayudó a muchos jóvenes a descubrir a Miguel Hernández y que ahora escucho en formato de CD. Pero ya aguardo el nuevo trabajo de Serrat con ilusión.



Del disco de vinilo de 1972, el tema que más me ha emocionado desde siempre es la Elegía a Ramón Sijé.

(Las dos fotografías las he tomado de El País.)

miércoles, 18 de noviembre de 2009

¡TURRONES A LA VISTA!

Hace ya algunos días que los supermercados han tenido la amabilidad de recordarnos la proximidad de la Navidad, llenando sus estanterías con esas mercancías de gran poder de adherencia llamadas turrones, chocolates, mazapanes y dinamitas varias. Hay que ver lo considerados que son recordándonos en este otoño más bien caluroso que, pese a la temperatura tan suave, queda poco más de un mes para esas fechas tan entrañables y tiernas en las que nos gastamos más dinero de la cuenta. Y nos atiborramos de dulces y no dulces. Y nos esponjamos el hígado de vino y cava. Y nos empachamos. Y después, nos ponemos a régimen porque ya no nos entran ni los pantalones elásticos, que son los que mas ceden.

Y lo malo de todo este tinglado navideño es que, por muy críticos que seamos con él, siempre nos dejamos arrastrar. Porque, ¿cómo no vamos a preparar comiditas ricas para la familia? ¿Cómo no vamos a comprarle un regalito a cada uno de nuestros seres queridos, incluidos el perro, el periquito, el hámster y la tortuga? ¿Y qué es eso de acompañar las opíparas comilonas con agüita clara, que será buena para la vista pero no da alegría de la buena? Vino y cava hasta que el hígado y la tarjeta de crédito griten “basta”. Hasta que la mente se nos nuble y se nos escapen tonterías muy tontas. Y acabemos enfadándonos los unos con los otros hasta la siguiente Navidad.

Menos mal que, gracias a la amabilidad de los supermercados, quedamos avisados de lo que se avecina. Si es que son tan majos ellos…

La fotografía de los turrones es de aquí.

jueves, 12 de noviembre de 2009

HOJAS DE OTOÑO

Da gusto caminar estos días por las calles ribeteadas de árboles cuyas hojas se han teñido de ocre, marrón y rojo. Da gusto pisar la alfombra de hojas caídas que crujen y sisean bajo nuestras suelas. Da gusto sentirse melancólico al percibir el susurro de los pasos. Y saborear esa melancolía romántica y deseada, que no se parece a la otra que a veces nos asalta sin invitación. Son hermosas las hojas de otoño.


(La fotografía otoñal es de www.fondosgratis.com.mx)

domingo, 8 de noviembre de 2009

SOBRE LAS DESCARGAS DE LIBROS


He leído hoy en XLSemanal un excelente artículo de Carmen Posadas sobre la descarga gratuita de libros por internet y los problemas que eso nos crea a los autores. Creo que explica perfectamente la problemática desde el punto de vista del autor y por eso copio más abajo el link. Merece la pena leer este artículo, con cuyo contenido estoy de acuerdo hasta la última coma.


miércoles, 4 de noviembre de 2009

CINCUENTA AÑOS CON LA MUERTE EN LOS TALONES

He leído que el lunes hizo cincuenta años del estreno de Con la muerte en los talones de Alfred Hitchcock. Es una película que no tiene desperdicio, pero cuando pienso en ella, lo primero que me viene a la cabeza es la escena de la avioneta fumigadora que persigue a Cary Grant por una carretera solitaria en medio del secarral y acaba estrellándose contra un camión cisterna. Bueno, también está la persecución final por el Monte Rushmore, con Cary Grant y Eve Marie Saint trepando por las rocas donde están esculpidas las caras de los presidentes de los Estados Unidos. Y muchas escenas más. Aunque donde esté la de la avioneta…


martes, 3 de noviembre de 2009

JOSÉ LUIS LÓPEZ VÁZQUEZ Y FRANCISCO AYALA

Creo que la parca es inoportuna por naturaleza y siempre llega en mal momento, porque siega muchos proyectos e impide disfrutar de la vida, tanto de las grandes pasiones como de los pequeños placeres de cada día. Aunque en el caso de José Luis López Vázquez, que falleció ayer a los 87 años, y de Francisco Ayala, que ha muerto hoy a los 103 años, al menos puede decirse que tuvieron tiempo de exprimir tanto lo bueno como lo malo de la vida y de dejarnos un nutrido legado artístico. Descansen en paz.

Acerca de José Luis López Vázquez en El País



Acerca de Francisco Ayala en El País




(Las fotografías las he tomado de El País.)

viernes, 30 de octubre de 2009

FRIVOLIDADES NEBULOSAS



Llevamos ya tres días despertándonos por las mañanas con niebla cerrada y mucha humedad. Después, las brumas suelen disiparse, pero el instante de despegarse de las sábanas exige un enorme esfuerzo. Yo he conseguido portarme bien, aunque en días así, el cuerpo me pide más cama, después un desayuno con chocolate calentito y, a ser posible, churritos o magdalenas esponjosas para acompañarlo. Pero ya se sabe que en esos momentos críticos, no hay que hacerle ni puñetero caso al cuerpo, que es muy perro. Por lo que incluso me he ido a torturarme un rato al gimnasio. Y cuando ya estábamos todos sudando la gota gorda a causa del esfuerzo y de la humedad ambiente, salió por los altavoces la cancioncita que cantan los crucificados en La Vida de Brian de los Monty Python: Always look on the bright side of life, o sea, más o menos: “Mira siempre el lado alegre de la vida”. Un mensajito que se agradece cuando una niebla como ésta nos aplasta el pelo, las ideas y la moral.

Pensaréis que vaya frivolidad más tonta, con lo que está cayendo por el mundo mundial, pero a veces, tonterías como esta levantan el ánimo en un día nebuloso. Y de vez en cuando, apetece decir bobadas. Y además, ya tengo las neuronas en desconexión, porque el lunes será fiesta en esta nuestra ciudad y el fin de semana va a ser un poquito más largo. Así que, voy a permitirme ser frívola en un viernes de espesa niebla mañanera. Y lo dicho: Mira siempre el lado bueno de la vida.

Y de regalo, la melodía ideal para un día nebuloso: Misty del maestro Errol Garner. Una canción que tiene gran protagonismo en la película Escalofrío en la noche (título original: Play Misty for me) de Clint Eastwood.

¡Buen fin de semana!

martes, 27 de octubre de 2009

EL TREN DE LA MEMORIA

Gracias a que Samuel, un lector de este blog, me avisó el viernes de que echaban en La 2 El tren de la memoria, pude ver por fin este documental sobre los españoles que emigraron a Alemania a principios de los años sesenta, y que hacía ya tiempo que deseaba ver. Mereció la pena. Contemplar las imágenes de los hombres y las mujeres que viajaron a Alemania en aquellos trenes especiales, fletados para llevar mano de obra a la floreciente industria alemana, fue como ver a mi padre, que se subió a uno de esos vagones en el sesenta y uno. Y también se sentaban allí los personajes de Días de menta y canela: el padre de Clara Rosell, Héctor Laborda, padre, y el sacerdote Antonio Vargas Maldonado. Y salía la estación de Köln-Deutz, a cuyos andenes llegaban esos españoles, agotados después de un duro viaje y humillados por el modo en que se les trataba a su llegada. Como cuando se les obligaba a colgarse un número identificativo en la ropa. Y se mencionaban los reconocimientos médicos a los que se sometía a esos emigrantes para verificar si estaban sanos y aptos para trabajar. Mi padre me habló una vez de esas revisiones, aunque no le gustaba mucho recordarlas. Y dijo lo mismo que las personas entrevistadas en la película: que les reconocían como si fueran caballos. O caballerías, como dicen en el documental y cuenta Enrique Rosell en Días de menta y canela: “…nos hicieron ponernos en fila como en la mili y nos miraron los dientes igual que a las caballerías.”

Los emigrantes entrevistados para el documental narraron algunas anécdotas sobre sus primeros tiempos en Alemania que, lo confieso, me emocionaron, porque se parecían a las que yo había oído contar en casa. Como lo que le ocurrió a un señor en el supermercado cuando compró carne enlatada y resultó ser comida para perros. Eso también les pasó a mis padres. Y al principio, ellos tampoco escaparon de pedir la comida a los tenderos recurriendo a la mímica, como por ejemplo hacer quiquiruiqui o mover los brazos como si fueran alas para pedir pollo o huevos. Algo que también refleja Carlos Iglesias en la escena del supermercado de la estupenda película Un franco 14 pesetas.

Por no faltar, en el documental no faltan ni imágenes de esos bailes que se hacían en los centros de españoles. Aquí vemos a una banda de pop tocando La llamaban Charly. Y resulta que sus integrantes se parecen muchísimo a Los Benidorm de Días de menta y canela. Como seguramente habréis adivinado los que leísteis mi libro, los chicos de Los Benidorm están inspirados en unos chavales que conocí en Alemania y que versioneaban los éxitos españoles del momento en los centros donde se reunían los emigrantes. Pues cuando salieron esos músicos en el documental, juro que me fijé con mucha atención en sus caras por si eran los que yo conocí. Por supuesto, no eran ellos. Pero lo podrían haber sido.

En el coloquio posterior, las directoras del documental, Marta Arribas y Ana Pérez, aludieron a lo difícil que les resultó encontrar en España material gráfico sobre aquellos tiempos, teniendo que recurrir a los archivos de televisiones europeas. Algo muy similar me ocurrió a mí cuando me documenté para escribir Días de menta y canela. Haciendo consultas en Google sobre la emigración a Alemania de los años sesenta, apenas encontraba nada que mereciera la pena. Sin embargo, tecleando lo mismo en alemán en www.google.de, hallé muchísimo material: fotografías, testimonios de españoles que viajaron en esos trenes (como la web http://www.angekommen.com/), páginas donde emigrantes hablaban sobre su vida en los países de la Europa rica, etc.

Y para terminar, incluyo una reflexión. Últimamente he observado que abundan en España, tanto en el cine como en la literatura, historias sobre las personas que vienen a trabajar aquí empujadas por la necesidad. Y eso es estupendo. Me parece muy necesario que intentemos comprender a los inmigrantes y ponernos en su lugar, en vez de verles como intrusos que llegan para quitarnos lo nuestro. Pero al mismo tiempo, veo que los españoles seguimos siendo reacios a reconocer que hasta hace relativamente poco, eran nuestros padres y abuelos los que emigraban en busca de una vida mejor, ya fuera a América o a la Europa rica. Como si nos diera vergüenza recordar que entonces, los pobres éramos nosotros. Y eso es algo que no deberíamos olvidar con tanta ligereza. Porque es nuestro pasado. Y, como decía Gabriel García Márquez (cito de memoria): Quien olvida su pasado, está condenado a cien años de soledad.

En resumen, El tren de la memoria es un pedazo de documental sobre nuestra historia reciente que, como decía Cayetana Guillen-Cuervo en el coloquio posterior, debería proyectarse en los colegios.


jueves, 22 de octubre de 2009

UN DÍA MELANCÓLICO-ROMÁNTICO

Hoy ha amanecido un día de lluvia y viento frío. De esos que predisponen hacia estados de ánimo melancólico-románticos. Y me he acordado del beso bajo la lluvia de Desayuno con diamantes, la escena final de una de mis películas favoritas de Blake Edwards. Es perfecta. El chaparrón, Nueva York, el taxi amarillo, un gato llamado “Gato”, la música de Henry Mancini y los dos protagonistas, jóvenes y bellos (George Peppard aún estaba muy lejos de ajamonarse), besándose con la pasión de ese amor nuevo que hace olvidar los sueños que no se han cumplido y los que tal vez nunca se cumplan. Es posible que su amor muera cuando lo ahoguen la rutina, las facturas pendientes, la insatisfacción, las arrugas y los reproches mutuos. Pero en ese momento es luminoso. Hasta la lluvia resplandece.
La escena ideal para un día de otoño melancólico-romántico.

miércoles, 21 de octubre de 2009

AMIGOS PERSONALES FOREVER


He encontrado en La Vanguardia un artículo de Magí Camps, muy interesante y divertido, sobre esa expresión (más bien aberración) que se ha puesto de moda últimamente: la de "amigo personal". Como si las "personas humanas" pudiéramos ser "amigos impersonales". A mí me da risa cuando se la oigo decir a alguien en la tele, o la leo en algún periódico. Los amigos personales suelen pulular mucho por los telediarios cuando muere algún personaje importante y salen tropecientos diciendo que fueron amigos personales suyos. Siempre me he preguntado dónde nacen esta clase de paridas, que luego se ponen de moda y emplea (¿empleamos?) todo el mundo sin ton ni son. Porque alguien tiene que ser el primero en soltar estas barbaridades, ¿no? Y entiendo que una "persona humana" tenga un mal día y se le escapen sandeces, pero que a los demás les parezcan maravillosas y las repitan con esa alegría, es algo que no acabo de entender.
Ay, misterios de la vida moderna...

Pongo de nuevo el link.