jueves, 22 de abril de 2010

L'ÂME DES POÈTES

Tanto escuchar a George Brassens me ha hecho acordarme de otro chansonnier ilustre y carrozón, Charles Trenet, y de dos días extraños que pasé en Narbona, la pequeña ciudad del sur de Francia donde nació Trenet en 1913.

Conocía Narbona de cuando venía con mis padres de Alemania en agosto y atravesábamos Francia en coche bajo un sol de justicia, sin aire acondicionado y pertrechados de nevera portátil y bolsa llena de fiambreras, igual que la familia Rosell de Días de menta y canela. Cuando mi padre desplegaba el mapa durante las paradas, siempre oía nombrar Montpellier, Beziers y Narbona, entre otros muchos lugares por los que pasábamos. Al principio viajábamos por carretera y atravesábamos estas ciudades de cabo a rabo. Después empezamos a venir por autopista y estos nombres apenas eran una referencia fugaz que leíamos en los indicadores.

Hace cuatro años, durante un viaje a Italia por carretera (o autopista, para ser exacta), se nos averió el coche al poco de haber entrado en Francia. A sólo cien kilómetros de la frontera. Entre Beziers y Narbona. Logramos llegar hasta la estación de servicio más próxima, donde un amable empleado avisó a “l’assistance” de la autopista. Tras una ansiosa espera bajo el sol de justicia característico del mediodía francés, apareció el camión de la asistencia, del que descendió otro señor muy amable que nos instó por señas a abrir el capó. Hurgó un poco dentro del motor y levantó la cabeza para hacernos entender como pudo (él sólo hablaba francés y nosotros apenas sabíamos saludar en francés y pedir comidas de nombre poco complicado en los restaurantes) que ese problema le correspondía resolverlo al concesionario local. Cargó nuestro coche en la parte de atrás del camión, a nosotros nos hizo sentarnos delante con él y fuimos conducidos a Narbona, con la moral por los suelos ante la perspectiva de que se nos esfumara el viaje.

En la ciudad que tantas veces atravesé durante mi infancia pasamos dos días de incertidumbre, sin saber si nos arreglarían el coche para continuar el viaje, si nos harían dejarlo por tiempo indefinido en el concesionario de Narbona, que al ser agosto trabajaba con un mínimo de personal, o si nos tocaría enviar el automóvil traidor a España en grúa y regresar nosotros en tren. Mientras esperábamos a que nuestro seguro nos sacara de allí de algún modo, descubrimos una alegre ciudad atravesada por el canal de La Robine con sus esclusas y esas barcazas tan francesas amarradas en la orilla, una ciudad que conserva algunos restos arquelógicos de su pasado romano y un casco antiguo pequeño pero interesante. Una ciudad donde la gente se sentaba en las terrazas de los restaurantes junto al canal y se ponía hasta los ojos de comer mejillones. Un lugar donde una simple ensalada de “fromage” contenía los mejores quesos que habíamos comido jamás.

Y durante unos de los paseos que dimos por las calles de Narbona para matar el tiempo, descubrimos una fachada adornada con una especie de poema. Al leerlo detenidamente, vimos que se trataba de un fragmento de la letra de una canción de Charles Trenet: L’âme des poètes. Un detalle tan francés como las barcazas del canal, las ensaladas de fromage, los bares donde sacaban unas cacerolas negras llenas de mejillones o las terrazas en las que ofrecían música en vivo al atardecer. Porque los franceses están orgullosos de sus artistas, algo que me parece estupendo, por cierto. ¿Alguien se imagina a un español adornando la fachada de su casita con letras de canciones de (gustos personales al margen) Concha Piquer, Antonio Molina, Nino Bravo, Raphael, por poner algún ejemplo? Creo que aquí no nos atreveríamos a hacerlo por si se burlaban de nosotros, o nos llamaban carrozas, o incluso por si a alguien le daba por asociarnos con la ideología política de tal o cual artista al que vinculamos a determinado partido. Somos así de chulos, o así de tontos.

A los dos días de la avería, el seguro nos consiguió un coche de alquiler que nos permitió continuar el viaje hasta Italia, mientras dejábamos el nuestro en el concesionario de Narbona para recogerlo a la vuelta. Y a pesar de habernos visto varados en esa ciudad sin hablar apenas francés y con la incertidumbre de no saber si se esfumarían nuestras vacaciones, guardo muy buen recuerdo de Narbona y del canal que la partía en dos, y desde entonces siempre que oigo ese nombre me acuerdo de Charles Trenet y de L’âme des poètes.



4 comentarios:

Ernesto dijo...

Una delicia ese paseo por Narbona que nos has ofrecido, sin duda aún encantada por los días que allí vivisteis comenzados de manera imprevista y problemática, pero que or lo que se deduce de tu relato, terminó resultando un agradable descubrimiento.

Y esa banda sonora de Charles Trenet y su delicada canción, subraya el placer de leerlo.

Gracias por ofrec´rrnoslo. Besos.

Carmen Santos dijo...

Gracias a ti por la visita, Ernesto.
En cuanto a Narbona, la verdad es que ahora me acuerdo más de los momentos agradables y tan "franceses" que vivimos durante aquellos dos días de estancia imprevista que de la neura causada por la avería del coche. Es lo bueno de caer en un lugar bonito y con personalidad.
Besos

Frank Invernoz dijo...

Charles Trenet. qué maravilla, esto es música, sentimiento; una suave caricia al corazón.

Carmen Santos dijo...

Sí, escuchar a Charles Trenet nos trae un pedacito de Francia.
Besos