El domingo pasado leí, como hago todas las semanas, la columna de
Elvira Lindo en
El País (
aquí el link). La del otro día comenzaba disertando sobre el afán de ser original y de lo poco original que uno acaba siendo al final, para concluir con la disección de la película
An Education. Y durante esa introducción Lindo hablaba de un libro sobre el instinto artístico que, según ella, supone una cura de humildad para muchos:
The Art Instinct, de
Denis Dutton, donde el autor sostiene que sólo hay siete argumentos posibles en la literatura. Cito textualmente un párrafo del artículo de
Elvira Lindo:
El señor Dutton defiende que sólo hay siete argumentos posibles en la literatura, a saber: la lucha contra el monstruo; de los harapos a la riqueza; el héroe que viaja para salvar a su patria y conseguir el amor de la princesa; el viaje a un lugar extraño y el regreso a casa; la comedia, donde reina la confusión hasta que todo encuentra su orden; la tragedia, donde el ser humano se extralimita y ha de enfrentarse a terribles consecuencias, y el renacimiento que tiene lugar tras un traumático aprendizaje. Haga la prueba, piense en cualquier libro, Robinson Crusoe, La Cenicienta, Hamlet, El patito feo, La importancia de llamarse Ernesto, Alicia en el País de las Maravillas, Cuentos de Navidad o nuestro Quijote, y advertirá que todas las historias encuentran su sitio en esta clasificación.
Y pienso que el bueno del señor Dutton tiene toda la razón del mundo. Soy de las que afirman que la literatura habla de dos temas básicos: el amor y la muerte. Dos temas que pueden ampliarse con un tercero: la ambición. Pero he aquí que Denis Dutton establece una clasificación en siete temas básicos, o mejor dicho, únicos, y no puedo estar más de acuerdo con él. Incluso hice la prueba con mis propias novelas y por supuesto que encajan en alguno de los siete tema de Dutton.
No me ha sorprendido en absoluto. Hace mucho tiempo que no intento ser original por encima de cualquier otra consideración. Al fin y al cabo, todo ha sido contado antes por alguien que, seguramente, lo habrá hecho mucho mejor que una servidora. A estas alturas de la película, creo que lo máximo a lo que podemos aspirar los que pretendemos contar historias es a hacerlo lo mejor posible y a escribir sin artificios, vanidades ni búsquedas vacuas de la originalidad. Lo que distingue a un narrador de otro no creo que sea la historia en sí, porque ya no quedan historias novedosas que contar, sino el enfoque que le pueda dar cada uno al argumento, lo que vierta de su propia alma en el mismo, el modo personal de contarlo y lo que después transmita su novela entre líneas. En definitiva, el poso que deje en el lector.
Por eso, cuando leo (u oigo) que alguien califica despectivamente una novela o una película de “previsible”, o cuando me pillo a mí misma usando ese adjetivo, no puedo evitar preguntarme si no nos estaremos pasando al medir las obras por su supuesta originalidad, o porque nos ofrezcan muchas sorpresas y giros vertiginosos cueste lo que cueste, cuando esos fuegos de artificio en realidad tampoco son nada novedoso y ya fueron explorados mucho antes de que se nos pudiera ocurrir hacerlo a cualquiera de nosotros.