
Pues sí, amigos y amigas, miembros y miembras, en la vida de toda mujer hay un acontecimiento importante que supone un punto de inflexión (y reflexión). Pero no se trata de la maternidad, que cambia todo nuestro sistema de valores. Ni de cuando los hijos abandonan el nido y nos dejan un gran vacío que debemos llenar. Ni del durísimo trance de cumplir los cuarenta y de que, casi simultáneamente, se empiecen a dirigir a nosotras con ese alarmante “señora”. Tampoco del de habituarnos a los cincuenta y ver perfilarse en el horizonte esa amenaza contra la que nos meten miedo por doquier, como si las mujeres nos convirtiéramos en mutantes al iniciar la etapa de los cambios hormonales.
No, amigos y amigas, miembros y miembras, se trata de algo mucho peor:
El día en el que abrimos el buzón y vemos el sobre de un conocido centro comercial dirigido a nuestro nombre y adornado con una espléndida fotografía de
Jane Fonda tras haber pasado por el peluquero (¿o tal vez peluquera?), el maquillador (¿o maquilladora?) y el toque mágico de San Photoshop (¿o es Santa Photoshopa?). Lo abrimos con una extraña sensación en la boca del estómago. Como de catástrofe inminente. Extraemos un papel. Y ahí está:
¡El monstruo!
Un tríptico publicitario anunciando cremas anti-edad, desarrugante para el contorno de ojos y labios, preventor antimanchas, reconstituyente sublimador…
¡Cielos!
Yo que me creía a salvo de la crisis de los cincuenta porque aún entro en la talla treinta y ocho (bueno…, vale, en algunas marcas con tallaje ideado por mentes malévolas y sádicas, es la cuarenta), y ahora los autores de la misiva me dicen que mi piel se apaga y pierde luminosidad a cambio de llenarse de manchas.
¡Qué disgusto tan grande!
Aunque, como de vez en cuando tengo ramalazos optimistas, me he dicho que si lo afirman esos señores (¿o son señoras?), que llevan décadas anunciando la primavera antes que las aves precursoras a las que cantaba
Sara Montiel en
La Violetera, habrá que hacerles caso. He decidido ir mañana mismo a borrarme del gimnasio, dejaré de nadar, me atiborraré de gominolas y galletas del Príncipe de Beukelaer (porque no vale la pena hacer dietas), y emplearé el dinero del gimnasio en abastecerme de todos esos productos milagrosos del anuncio que me salvarán de las garras de la “vejuz” y, sin destilar ni una gota de sudor ni estropearme el pelo con el cloro de la piscina, me harán plantarme en los sesenta tan estupenda como la Fonda, patrona de las que hemos sido inscritas en el club de las maduras por obra y gracia de nuestra fecha de nacimiento y la publicidad.