Después de mucho buscar, hoy he dado con la versión de Ojos Verdes de Concha Piquer en http://www.goear.com/, otra mina al estilo de YouTube donde se puede encontrar de todo. Por fin puedo completar mi recopilación de la banda sonora de Días de menta y canela con la versión de la Piquer que no encontré en su día.
Esta canción es la que podría servir de fondo musical mientras se lee el siguiente trozo de la novela (y en la que pensaba cuando escribí la historia, también a la hora de ponerle el título):
Alcé los párpados con precaución. Un hombre en bata blanca, cuya estatura me pareció gigantesca desde mi desfavorable posición, me miraba con mucha ira acumulada en sus ojos de color esmeralda. De hecho, poseía el iris más verde que había visto jamás. Un auténtico prodigio de la naturaleza. Recordé la copla que cantaba mi madre cuando se metía en la cocina, o mientras limpiaba la casa: “Ojos verdes, verdes como la albahaca. Verdes como el trigo verde y al verde, verde limón”. Me levanté a cámara lenta, estrujándome la mente en busca de algún argumento para aplacar a ese individuo. De pie ya no parecía tan enorme, aunque seguía siendo bastante más alto que yo.
La inquietud no me impidió estudiar a fondo a mi contrincante. Tenía frente a mí a un varón de cabello negro, tan corto como si estuviera haciendo el servicio militar. La piel era pálida y apenas mostraba arrugas, salvo unos cuantos pliegues insignificantes alrededor de los ojos. La zona inferior del rostro estaba adornada por una barbita recortada con coquetería, en la que conté sobre la marcha cuatro o cinco hebras de plata. Eché un vistazo rápido más abajo del mentón. Lo que dejaba entrever la bata abierta parecía hallarse en buen estado de conservación. Concluí que Héctor Laborda, junior, era un hombre apuesto. El efecto inmediato de esa conclusión fue una sonrisa involuntaria, me temo que bastante boba.
La versión de Concha Buika también me gusta mucho:
De tanto hablar de los árboles que se han llenado de hojas verdes, me he acordado de este poema de Antonio Machado. A mi me parece una inyección de optimismo para las horas bajas, sobre todo cantado por Joan Manuel Serrat.
A UN OLMO SECO
Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina que lame el Duero! Un musgo amarillento le mancha la corteza blanquecina al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores que guardan el camino y la ribera, habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera va trepando por él, y en sus entrañas urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero, con su hacha el leñador, y el carpintero te convierta en melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta; antes que rojo en el hogar, mañana, ardas en alguna mísera caseta, al borde de un camino; antes que te descuaje un torbellino y tronche el soplo de las sierras blancas; antes que el río hasta la mar te empuje por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida. Mi corazón espera también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera.
He estado viendo el vídeo de Susan Boyle, la señora regordeta y algo friki, dicen que desempleada, que tras su aparición en el programa Britain’s Got Talent (al parecer equivalente a nuestro Tú si que vales) ha salido en todos los telediarios y periódicos del mundo y se ha hecho famosa por su portentosa voz. Y me he quedado con la impresión de haber visto un montaje. Parece todo tan irreal. Desde la reacción del jurado guaperas y prepotente hasta esos dos zangolotinos que se ríen de Susan Boyle entre bastidores, pasando por el público, que hace muecas de asco en cuanto aparece ella con su peinado anticuado, ese vestidito que parece haber sido usado en alguna boda familiar, y haciendo monerías para congraciarse con un entorno claramente hostil. Luego la señora empieza a cantar y los que un segundo antes se burlaban de ella con toda la crueldad del mundo, igual que se ríen los niños de los compañeros de clase que son diferentes y vulnerables, ponen cara de asombro primero y después se emocionan, y los del jurado guaperas hasta sonríen y enseñan a la cámara sus dientes blanqueados. No sé, a lo mejor es que no tengo costumbre de ver esta clase de programas, pero la grabación me ha dejado la sensación de haber visto una mala película.
En cualquier caso, como parece que no era ningún montaje, me alegro de que la señora Boyle dejara boquiabiertos a todos esos crueles que querían pasárselo en grande riéndose de ella en sus narices, simplemente porque es rara y su aspecto no se ajusta a ningún canon de belleza. Y si el sueño de esta señora era poder dedicarse a cantar y ahora, con cuarenta y siete años, logra que se cumpla gracias a un programa-trituradora cuya filosofía es servir al público en bandeja a gente de la que se pueda reír, me alegraré mucho por ella y por su sueño. Es bello que los sueños lleguen a cumplirse, aunque sea después de haber recorrido caminos tortuosos.
He intentado insertar el vídeo, pero YouTube no lo permite, así que copio el link para quien lo quiera ver:
Estos días he andado liadilla y he tenido el blog algo abandonado. No se puede estar en todo. Pero a pesar de lo mucho que he corrido de un lado a otro y de las deprimentes lluvias de los últimos días, es imposible no observar que los árboles se han llenado de hojas que los visten de un verde luminoso. Parece que la primavera por fin llega de verdad, no sólo en el calendario o en forma de alergias. Y para darle la bienvenida, he buscado en YouTube un delicioso fado: Primavera.
Con el fado me ocurre lo mismo que con el bolero: no es el tipo de música que me guste escuchar a todas horas, pero hay momentos y estados de ánimo que me predisponen a disfrutar de un fado que evoque las calles de Lisboa, o de un bolero cantado con voz rota por el desamor (los interpretados por cantantes melosos y engolados me empalagan).
Pero hoy toca fado. El fado Primavera. Primero cantado por Mariza en vivo junto a la Torre de Belém:
El 11 de abril murió Corín Tellado. A estas alturas, creo que todos sabemos quien fue esta escritora y el tipo de literatura que hacía. Leyendo el artículo que publicó el otro día El Paísa raíz de su fallecimiento, me llamaron la atención varias cosas. Por ejemplo, que esta señora llegó a los 82 años trabajando. Es decir, escribiendo sin descanso o dictando sus historias a su nuera, como hacía en los últimos años, porque sus problemas de salud le impedían sentarse ante la máquina de escribir. También, que publicó más de 4.000 novelas cortas y vendió 400 millones de ejemplares, siendo la autora más leída en español después de Cervantes. Ah, y que en 1979 publicó hasta 26 novelas eróticas de bolsillo con el seudónimo de Ada Miller.
Luego, me ha hecho cavilar otro asunto en el que hacen hincapié Mario Vargas Llosay Boris Izaguirre: lo mucho que agradecía Corín Tellado que la trataran con respeto, al parecer algo que no le prodigaron ni a ella ni a sus novelas, echándole en cara que su escritura carecía de estilo, que sus tramas eran simples, que eran muy conservadoras...
Yo no puedo opinar gran cosa sobre la calidad de sus libros, porque no he leído más de uno, o quizá dos, en toda mi vida. Y eso fue hace muchos años para un trabajo que nos pidieron en la facultad. Sólo me acuerdo de que los protagonistas fumaban mucho, que nunca llegaban más allá de besarse en la boca y que me acerqué a Corín Tellado con muchos prejuicios porque entraba dentro de lo que llamábamos (y se sigue llamando) despectivamente “novelita rosa”. La leí con cierto repelús, como si el libro me fuera a morder de un momento a otro. Claro, con ese condicionamiento, no es de extrañar que no me hiciera mucha mella. No sé si ahora me gustarían sus libros. Sería cuestión de comprobarlo. Pero lo que sé a estas alturas es el esfuerzo que supone escribir una novela, la cantidad de horas que le dedicamos, la energía que invertimos en ella y la ilusión que nos llena mientras le damos a la tecla. Por eso, me acercaría ahora a sus novelas con el respeto que merece cualquier libro, al margen de que nos guste o no, por la cantidad de trabajo y todos los sueños que hay detrás de él.
Y esto me lleva a reflexionar sobre los prejuicios que lastran a la literatura (no sólo a la literatura, claro, pero ese sería otro tema) y, en especial, a las novelas que cuentan historias de amor. Sobre todo, si las ha escrito una mujer, un hecho que condiciona la actitud de muchas personas ante ese libro y su opinión final. Seamos sinceros: cuando hablamos de nuestras lecturas, podemos admitir sin ruborizarnos que estamos leyendo una sangrienta novela donde un asesino en serie diezma al personal de mil maneras horribles, o una ambientada en un pasado lejano y trufada de batallas en las que mueren hasta las hormigas, u otra donde hay naves espaciales y androides que viajan a sabe Dios qué galaxia, pero si estamos leyendo una novela centrada en los sentimientos de unos personajes que encima se enamoran en algún momento de la trama, sonreímos avergonzados o avergonzadas por si nos tachan de cursis y murmuramos: “si… bueno, es una historia romanticona, con un toque muy rosa, no es lo que suelo leer, pero me sirve para pasar el rato en el autobús…”.
¿Por qué esa necesidad de justificarse por leer una novela de amor cuya autora es una mujer, sin tener en cuenta siquiera si el libro es bueno o malo? ¿Es que de entrada no puede ser buena la literatura que habla de amor? ¿Acaso el amor no es una parte importante de nuestras vidas?
Son días de viajes (para quien tenga vacaciones), de ver procesiones, de tomar comiditas de Semana Santa como esas que preparaban las abuelas (ay, esas croquetas de bacalao), y aunque no se viaje, siempre se pueden aprovechar estos días para descansar, leer mucho y dar rienda suelta a la pereza de variadas maneras, que es lo que pienso hacer yo.
Perezosa como estoy (y soy), hoy sólo pongo La Saeta de Machado cantada por el gran Joan Manuel Serrat.
Buscando otro libro, he encontrado el de Ausias March (lo mío es de juzgado de guardia). Aunque un poco tarde, puedo poner la traducción de Veles e vents. Más vale tarde que nunca…
Velas y vientos cumplan mis deseos, siguiendo inciertas sendas por la mar. Poniente y Mistral se arman en su contra; ayudará el Jaloque y el Levante, con sus amigos el Gregal y el Sur, rogando humildemente al Tramontano que su soplo les sea favorable, y así, los cinco, logren mi regreso.
Como cazuela en horno hervirá el mar, mudando, aspecto y natural color, y mostrará cómo aborrece todo lo que un instante pesa sobre sí; los peces correrán a los rincones y buscarán secretos escondrijos: por huir del mar que los nutre y los hace, saldrán a tierra como gran remedio.
Harán los peregrinos rogativas, con la promesa de ofrendar exvotos; por pánico verán la luz secretos, que al confesor no se revelarán. No saldréis de mi mente en el peligro, mas juraré ante el Dios que nos unió, no ceder en mi firme voluntad y teneros presente en todo tiempo.
Temo la muerte, que de vos me ausenta, porque el amor se anula con la muerte; mas no creo que pueda ser mi amor superado por tal separación. Celoso estoy de vuestro amor escaso, que me hundirá en el olvido si yo muero; gozar me impide el mundo pensar que (no creo que suceda, vivos ambos)
perdáis el don de amar tras de mi muerte, y sea pronto en ira convertido; y si dejar el mundo me es forzoso, todo mi mal será no veros más. ¡Oh, Dios! ¿Por qué no hay término en amor, pues cerca de él me encontraría solo? Sabría vuestro amor cuanto me ama, temiendo, fiando todo al porvenir.
Yo soy el más ferviente enamorado entre aquellos que no pierden la vida: mi corazón no muestra, porque vivo, duelo de muerte, en su dolor extremo. Dispuesto estoy a bien o mal de amor, sin que aclara mi sino la Fortuna; en vigilia, de par en par la puerta me encontrará, y con humilde réplica.
Podrá costarme caro mi deseo, y esta espera de males me conforta; no me alegro que a salvo esté mi vida, y pido a Dios no tarde el grave paso. Así no habrán las gentes de dar fe de lo que obre el Amor fuera de mí; en actos su poder se mostrará y probaré con hechos mis palabras.
Amor, de vos yo siento más que sé, por lo que ha de tocarme la peor parte; sabe de vos el que sin vos está. Al juego de los dados os comparo.
Para el fin de semana, Raimon y Ausias March. Creo haber comentado alguna vez que soy una lectora de poesía algo “sui géneris”. No me gusta desmenuzar los poemas analizando la métrica, la rima y esas cosas. Simplemente me gusta leerlos, o escucharlos recitados, y sentir en las tripas su ritmo y su música.
A Ausias March, el poeta del siglo XV oriundo de Gandía, le descubrí hace años gracias a Raimon, con aquellas canciones en las que el cantante de Xátiva puso música a poemas de March. De tanto escuchar la cinta en el radiocassette, quedó inutilizable. Aún la tengo en casa, guardada en un cajón con otras reliquias de las que no me desprendo. Soy de las que guardan demasiadas cosas.
Uno de esos poemas musicados es Veles e Vents. Sabe a pasión amorosa. A agua salada, a brisa que acaricia la piel con manos húmedas, a sol y a arena y a barcos con velas preñadas de viento. Es un poema que huele a Mediterráneo, al Mare Nostrum de aguas transparentes y arenas bordeadas de pinos, dunas o rocas, y no invadidas por bosques hechos de ladrillo y cemento que tapan hasta el sol. Evoca un lugar donde uno podría toparse con pescadores que echan las redes. O con algún pirata. O con cierto viajero de regreso a Itaca tras una travesía llena de aventuras y algún encuentro galante. El Mediterráneo al que canta Serrat. Lástima que ese mar sin el corsé de tantos edificios feos sólo exista ya en el recuerdo de algunos, en fotografías amarillentas y en la literatura.
Copio más abajo el poema completo para quien quiera leerlo mientras escucha al chico de Xátiva. Me habría gustado poner la traducción, pero no la he encontrado en San Google. También he buscado por casa una vieja edición bilingüe de poemas de Ausias March, pero como soy un desastre andante y no guardo los libros ordenados siguiendo algún criterio lógico, ni siquiera ilógico, me pasa lo que me pasa: si quiero releer algún libro, tengo que iniciar una búsqueda digna de Sherlock Holmes. Y es que no se puede ser tan anárquica.
Veles e vents han mos desigs complir, faent camins dubtosos per la mar. Mestre i ponent contra d'ells veig armar; xaloc, llevant, los deuen subvenir ab llurs amics lo grec e lo migjorn, fent humils precs al vent tramuntanal que en son bufar los sia parcial e que tots cinc complesquen mon retorn.
Bullirà el mar com la caçola en forn, mudant color e l'estat natural, e mostrarà voler tota res mal que sobre si atur un punt al jorn. Grans e pocs peixs a recors correran e cercaran amagatalls secrets: fugint al mar, on són nodrits e fets, per gran remei en terra eixiran.
Los pelegrins tots ensems votaran e prometran molts dons de cera fets; la gran paor traurà al llum los secrets que al confés descoberts no seran. En lo perill no em caureu de l'esment, ans votaré al Déu qui ens ha lligats, de no minvar mes fermes voluntats e que tots temps me sereu de present.
Io tem la mort per no ser-vos absent, perquè amor per mort és anul·lat: mas io no creu que mon voler sobrat pusca esser per tal departiment. Io só gelós de vostre escàs voler, que, io morint, no meta mi en oblit. Sol est pensar me tol del món delit, - car nós vivint, no creu se pusca fer-;
aprés ma mort, d'amar perdau poder, e sia tots en ira convertit. e, io forçat d'aquest món ser eixit, tot lo meu mal serà vós no veer. Oh Déu!, per què terme no hi ha en amor, car prop d'aquell io em trobara tot sol? Vostre voler sabera quant me vol, tement, fiant de tot l'avenidor.
Io són aquell pus extrem amador, aprés d'aquell a qui Déu vida tol: puis io són viu, mon cor no mostra dol tant com la mort per sa extrema dolor. A bé o mal d'amor io só dispost, mas per mon fat Fortuna cas no em porta, tot esvetlat, ab desbarrada porta, me trobarà faent humil respost.
Io desig ço que em porà ser gran cost, i aquest esper de molts mals m'aconorta; a mi no plau ma vida ser estorta d'un cas molt fer, qual pret Déu sia tost. Lladoncs les gents no els caldrà donar fe al que amor fora mi obrarà; lo seu poder en acte es mostrerà e los meus dits ab los fets provaré.
Amor, de vós jo en sent més que no en sé, de qué la part pitjor me'n romandrà, e de vós sap lo qui sens vós està.
“A menudo tengo el deseo de desaparecer dentro de mis libros, que son lugares mucho más interesantes que la realidad.”
Supongo que esto es algo que hemos sentido a menudo quienes nos sumergimos en la escritura de una novela. A veces, y aunque las cosas marchen bien, no digo ya cuando nos van mal, la realidad puede parecernos rutinaria, grisácea y poco aventurera. Por eso leemos. Por eso vemos películas. Y por eso escribimos. Para vivir una realidad distinta, que sea más estimulante que la nuestra. Aunque se me ocurre que si tuviéramos que vivir esas otras existencias de los libros y las películas, a lo mejor no nos gustarían tanto. O nos parecerían grises e intentaríamos escapar de ellas leyendo, yendo al cine o escribiendo. Podría ser, ¿no?
También dijo Rushdie a propósito de la fascinación que hay en su literatura por los sentidos: los olores, el ruido y los colores, que
“la buena escritura habla a todos los sentidos”.
En esto también le doy la razón. Las novelas que me han conmovido, o me han sumergido de lleno en otro mundo, siempre han sido las que saben describir los sonidos propios de un lugar, cómo huelen sus calles o sus campos, el color de la vegetación, el de las casas, el azul del mar o del cielo. Incluso la fragancia del amor. Y mientras escribo esto, me estoy acordando de un libro que me transmitió todas estas sensaciones: Justine, uno de los que forman el Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell. Mientras lo leía, sentí la ciudad de Alejandría como si me hubieran transportado hasta allí. Y es que leer siempre ha sido una forma barata de viajar.
Y para concluir, otro viaje. Este en el tiempo. Un regreso a los primeros años setenta. Tiempo de utopías, de pantalones de campana y zapatones con plataformas de vértigo. Años en los que aún creíamos en los ilimitados avances de la técnica y pensábamos que el futuro siempre sería mejor que el presente. Y para evocarlos, quién mejor que Marvin Gaye cuando se cumplen veinticinco años de su asesinato a manos de su propio padre.