R. Leer por placer, sí. La gente se compra novelas como para terminar el bachillerato: este libro te explica China; el otro, la Segunda Guerra Mundial. Me gustaría que mis n...ovelas las leyera gente con el bachillerato ya acabado. Que se informara en otra parte y a la novela fuera para disfrutar literariamente.
Yo leo muchas veces libros de mero entretenimiento, sobre todo cuando estoy escribiendo una novela y acabo al final del día con la cabeza como un bombo. También lo hago en vacaciones. ¿Es malo leer por placer y buscando la evasión? Yo creo que no. Hay libros "comerciales" que están muy bien escritos y tienen varios niveles de lectura (también los hay malísimos, claro). Tampoco hay que olvidar que el gran Dickens escribía buscando entretener al personal, porque si la gente no se enganchaba a sus novelas, que salían por entregas, no seguía comprando y se le acababan los ingresos. Muchos clásicos de ahora fueron en su tiempo autores "comerciales" y "de entretenimiento". Creo que lo importante es saber distinguir lo que uno lee y no tomar por obra maestra lo que es simple pasatiempo.
"After writing a story I was always empty and both sad and happy, as though I had made love, and I was sure this was a very good story although I would not know truly how good until I read it over the next day."
"Después de haber escrito una historia, siempre me sentía vacío y al mismo tiempo triste y feliz, como si hubiera hecho el amor, y estaba seguro de que esa historia era muy buena, aunque no sabría con certeza hasta qué punto era buena hasta que la volviera a leer al día siguiente."
Ernest Hemingway - A Moveable Feast - París era una fiesta
Hemingway no es santo de mi devocion, pero en este libro póstumo sobre el tiempo que vivió en París durante los años veinte hay afirmaciones acerca de la escritura y lo que se siente al escribir con las que me identifico.
¡Pero qué abandonadito tengo este blog! A ver si vuelvo a tener tiempo y le meto la marcha que se merece. De momento, y tras varios días queriendo hacerlo, cuelgo fotografías del café literario del Instituto Francés de Valencia, en el que participé el 19 de mayo por invitación del periodista argelino Bouziane Ahmed Khodja.
Bouziane es un encanto. Me recibió con gran amabilidad, me enseñó las instalaciones del Instituto Francés, tan bien equipadas y acogedoras que dan ganas de apuntarse a un curso, y moderó maravillosamente el café literario que tuvo lugar en la cafetería del IFV. Gracias a la invitación de Bouziane tuve la oportunidad de mantener una amenísima charla con los asistentes a la tertulia y de conocer a gente encantadora, como Pascal Letelier, el director del IFV. La Valencia primaveral se me antojó muy bella esa tarde y el barrio del Carmen, donde no había estado desde hacía años, lo encontré precioso y con sabor cosmopolita. En resumen, un viaje breve pero muy bonito, que me ha dejado un dulce sabor de boca.
Cuelgo las fotografías que me ha enviado Bouziane.
En la primera me veis con Bouziane Khodja, atentísima a algo que me estaban preguntando. La segunda es una instantánea de todo el grupo.
El mes de enero se nos va deslizando entre dieta post-navideña para arrancarnos los excesos de la cintura, noticias varias sobre la crisis, otras sobre la cuesta de enero (sí, todavía se habla en los medios de la famosa cuesta de todos los años), la ley Sinde por aquí y por allá, la ley antitabaco y los bares insumisos, más una noticia que leí hace ya unos cuantos días y a la que todavía estoy dando vueltas.
El día 5 se hablaba en El País (aquí el enlace) de una nueva edición de Las aventuras de Huckleberry Finn, que va a sacar una editorial de Estados Unidos en versión políticamente correcta. Quiere decir esto que han sustituido la palabra despectiva “nigger”, que aparece en el texto 219 veces, por la de “esclavo”. Y han hecho lo mismo cambiando “injun”, otra palabra despectiva, por “indio”. O sea, que ahora Huckleberry Finn ya no huirá por el río Misisipi en compañía del Negro Jim, o Nigger Jim, como le llaman en la versión inglesa, sino con el Esclavo Jim. Si se tratara de una novela actual ya me parecería una iniciativa discutible, pero si tenemos en cuenta que fue publicada por primera vez en 1884 y la acción se desarrolla cuando en Estados Unidos todavía existía la esclavitud, me da la impresión de que a Mr.Alan Gribben, profesor de la universidad Auburn (Alabama) y responsable de esta nueva edición, le patina ligeramente el embrague en su afán de meter la tijera por las buenas.
Porque digo yo que si ahora nos pusiéramos a expurgar a todos los clásicos de aquellas palabras despectivas que hemos ido eliminando de nuestro lenguaje – aunque, por desgracia, no hemos apartado de nuestras mentes los prejuicios que expresaban esas palabras -, no va a quedar ninguna obra sana. Si quisiéramos cambiar todo lo que nos suene a racista, machista o xenófobo, tendríamos que revisar – y de paso destrozar – infinidad de escritos que han resistido el paso del tiempo por muchos méritos. ¿Qué dejaríamos de la obra de un Celine, por ejemplo? ¿Cómo llamaríamos ahora a Otelo, el Moro de Venecia? ¿Sería Otelo, el magrebí? ¿Es que no somos capaces de leer las obras clásicas situándolas en el contexto histórico (y personal) en el que fueron escritas? ¿Tan difícil es comprender que la vida y la mentalidad de una persona del siglo XIX, del siglo XVIII, de la antigüedad, o incluso de hace tan sólo treinta o cuarenta años, no tiene nada que ver con la de este siglo XXI en el que nos la cogemos con papel de fumar (con perdón de la expresión, que seguro que habrá quien la tilde de políticamente incorrecta)? Si cambiamos a nuestro antojo las novelas que reflejan cómo se vivía y se pensaba mucho antes de nuestro paso por el mundo, aparte de que las dejaríamos irreconocibles y descafeinadas, nos cargaríamos sus virtudes literarias, el mérito de reflejar la sociedad de su tiempo y muchas cosas más. No sé, lo mire como lo mire, a mí esta clase de revisiones me parecen una masacre literaria.
A veces, pienso que no somos más tontos porque la pereza nos impide entrenarnos, pero estoy segura de que si entrenáramos, llegaríamos a lo más alto. ¡Uy, qué reflexión más políticamente incorrecta me ha salido!
(La fotografía reproduce la portada de una edición de Penguin Books)
Hoy he dado con un interesante artículo en El País, que recoge el decálogo impartido por Jorge Volpi en el ciber-taller de literatura desde la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En él, Volpi habla de temas muy interesantes y sumamente útiles – por no decir imprescindibles – para un novelista. Destaco los que más me han llamado la atención:
La estructura - claramente, el armazón sobre el que se sustenta una novela. Si no está bien ensamblada, la historia se puede derrumbar en cualquier momento. Con una buena estructura, sin embargo, podemos añadir o quitar lo que queramos sin provocar la hecatombe.
La voz narrativa – Volpi defiende la primera persona y dice que el narrador omnisciente está pasado de moda. Yo en esto no soy tan drástica. Pienso que la tercera persona es tan buena como la primera a la hora de narrar, sólo hay que elegir la voz narrativa adecuada para la historia que queremos contar, porque según cual escojamos, la novela podrá ganar en intensidad o quedarnos plana. Coincido en que el narrador omnisciente del siglo XIX, ese que se metía en la cabeza de todos los personajes y lo sabía absolutamente todo, está pasado de moda. Ahora ya no es tan sabihondo ni está por encima del bien y del mal. Por eso, creo que las novelas en tercera persona aún tienen cuerda para rato.
La corrección de los textos - Totalmente de acuerdo con Volpi en que corregir una novela es depurarla de todo lo que sobra. Que suele ser un lastre sin el cual, las historias funcionan mucho mejor.
El bloqueo - Ay, ese “famoso” bloqueo que nos preocupa a todos en algún momento, porque… ¿quién no se ha quedado atascado en algún punto de su novela, sin saber si merece la pena continuar o no? Incluso con la duda de si será capaz de seguir con esa historia y con esos personajes. Volpi propone dos opciones: “optar por el descanso y la lectura, o bien intentar escribir disciplinadamente hasta que algo valga la pena en realidad”.
Generalmente, a mí me suele funcionar muy bien la segunda opción, o sea, seguir escribiendo hasta que se me pase la tontuna. A veces, cuando reviso lo que escribí durante la sequía, hasta me llevo la sorpresa de que me salió algo bueno. Y cuando no es bueno, ya sé que no me queda otra que corregir, o incluso mandar esa parte a la papelera de reciclaje y desde allí, directamente al purgatorio del ciberespacio, pero al menos, he salido del atasco. Otras veces, en cambio, interrumpo la escritura y me dedico a revisar lo que ya tengo escrito hasta que recupero el aliento. También funciona.
Sólo he comentado aquí los cuatro puntos que más me han llamado la atención. Para quien desee conocer el resto del artículo, incluyo aquí el enlace:
Entre los comentarios que hemos intercambiado a raíz de la concesión del premio Nobel a Mario Vargas Llosa ha surgido un tema que, creo, merece una entrada propia: el momento de un libro.
Y es que para cada libro hay en nuestras vidas un momento mágico. El período de nuestra existencia en el que recibiremos una determinada historia con los brazos abiertos y le daremos una oportunidad para que nos guste. Y también están los momentos contrarios. La temporada chunga en la que todo nos sale mal, o estamos de bajón anímico, o simplemente con predisposición negativa hacia todo, y no nos entra por el ojo lo que nos cuenta determinado escritor, ni nos seduce su modo de narrar. A mí eso me ocurrió hace años con El siglo de las luces de Alejo Carpentier. La primera vez que intenté leerlo, a los veintipocos años, me aburrí soberanamente y no pasé de la página doce. En el segundo intento, ya en la treintena, me propuse leerlo hasta el final y la novela acabó hechizándome tanto que me dio pena acabarla. El libro era el mismo, pero no el momento vital que atravesaba yo, ni mi forma de ver las cosas, que había cambiado de una década a otra.
Los libros son como las personas. Con algunos tenemos química favorable, mientras con otros siempre será adversa, hagamos lo que hagamos. Pero incluso los libro que a priori nos podrían gustar por su temática y por su estilo, nos caerán fatal si nos acercamos a ellos en un mal momento. Igual que tantas personas a las que conocemos en un mal día y con las que ya será muy difícil entablar una buena relación después del mal comienzo, aunque podríamos haber congeniado.
Acabo de terminar El hotel New Hampshire de John Irving, que narra la historia de la familia Berry, de un viejo oso que atiende por el nombre de Estado de Maine, de su dueño, un judío austriaco llamado Freud, más un montón de personajes pintorescos a cual más estrafalario, teniendo como telón de fondo varios hoteles llamados New Hampshire. Una novela que reúne todas las características de la narrativa de Irving: personajes raros, situaciones a veces poco creíbles, pasajes que se tornan algo densos y, cómo no, un adolescente que es iniciado en el sexo por una mujer mayor que él. Pero… como Irving es un narrador de primera, siempre acabo perdonándole los caminos tortuosos por los que lleva sus historias y leo sus novelas enganchadísima hasta la última línea.
Sin embargo, no pensaba hablar hoy de Irving sino de finales. Concretamente de un final al que Irving hace referencia varias veces en este libro. El de El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, la novela que una estrafalaria radical de izquierdas austriaca lee en alemán a los hijos de la familia Berry en el Hotel New Hampshire de Viena. El final que evoca el personaje de Lilly, la niña que deja de crecer a los once años y se convierte en una escritora torturada por no creerse a la altura de lo que se espera de su literatura.
Porque dar con un buen final para una novela es tan difícil como hallar un comienzo que agarre al lector por el cuello y no lo suelte. Hay finales tristes que nos dejan con un nudo en el estómago, aunque después concluyamos que la historia no podía acabar de otro modo. Hay finales felices que nos reconfortan, porque nos resarcen de las frustraciones de la vida real. Los hay abiertos, que dejan en manos del lector el camino a tomar. Y luego están los que cierran las historias poniéndoles un broche de oro y esmeraldas. Los que resuenan una y otra vez en nuestra memoria con la tenacidad de un eco inextinguible. Los finales que envidiamos todos los que nos empeñamos en inventarnos vidas paralelas. Finales como el de El Gran Gatsby, una de las mejores novelas cortas que he leído jamás.
(En la fotografía: Robert Redford y Mia Farrow en a película homónima de 1974, dirigida por Jack Clayton)
Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que, año tras año, aparece ante nosotros. Nos esquiva, pero no importa; mañana correremos más deprisa, abriremos los brazos, y… un buen día… Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado.
Gatsby believed in the green light, the orgiastic future that year by year recedes before us. It eluded us then, but that’s no matter – tomorrow we will run faster, stretch out our arms further… And one fine morning… So we beat on, boats against the current, borne back ceaselessly into the past.
"Cada día dudo entre limpiar o trabajar. Siempre termino escribiendo". Esther Freud observa la habitación de su casa en el norte de Londres como si fuera la primera vez en mucho tiempo”
Jajaja, esto mismo me ocurre a mí con el cuartito donde escribo (decir estudio o despacho siempre me ha provocado escalofríos por lo pretencioso). Debería ordenarlo y tirar algunos (muuuuchos) papeles sobrantes y más de un trasto, pero en lugar de eso, hago como la señora Freud: me pongo a escribir y olvido el desorden. Si es que no tenemos remedio.
He leído hoy en El País un descorazonador, pero muy acertado, artículo de Vicente Verdú sobre la situación actual en las letras. Digo descorazonador, porque Verdú habla de la extinción de la clase media entre los escritores, entendiéndose por clase media el grupo de autores que, sin ser superventas de esos que arrasan, vende una cantidad de ejemplares más modesta pero nada despreciable. Algo que tampoco es fácil, teniendo en cuenta la feroz competencia que hay en las mesas de novedades de las librerías. Aunque, como dice Verdú, hoy en día hay que vender cientos de miles de ejemplares para sobrevivir en el negocio. Es decir, mientras unos pocos autores venden mucho y se hacen cada vez más famosos, con lo que aún venden más y se incrementa su fama y aumentan aún más las ventas, el 95% de los títulos (cifras que da Verdú) que se publican y en consecuencia, sus autores, no se come una rosca.
Lo dicho, me ha parecido un artículo acertado y muy interesante, pero descorazonador del todo. Después de leerlo, me he quedado un rato con la moral por los suelos, preguntándome si merece la pena seguir quemándome las pestañas ante el ordenador con semejante panorama. Aunque enseguida he llegado a la conclusión de que sí vale la pena. No para ganar mucho dinero. Es más fácil hacerse rico jugando a la lotería que escribiendo novelas. Eso lo tengo claro desde mucho antes de publicar mi primer libro. Tampoco por la fama. Para hacerse famoso, es mejor apuntarse a un reality show, cuanto más truculento y morboso, mejor. Claro que también nos podemos ligar a un futbolista famoso, pero en eso hay casi tanta competencia como en las mesas de novedades de las librerías y conviene reunir ciertos requisitos físicos, empezando por tener la edad adecuada.
No, yo escribo por una razón que incluso podría calificarse de mucho más patética que las anteriores: Escribir es mi vicio. Una adicción pura y dura. Escribir me hace sentir mejor conmigo misma y con la vida. Cuando no tengo ninguna historia entre manos, me falta algo y ando por ahí tan ansiosa como una yonqui privada de su dosis, por lo que estoy condenada a seguir pariendo novelas, evolucione como evolucione el panorama literario.
Conclusión inevitable: acabo de decidir que en mi próxima reencarnación quiero ser Carmen Lomana y concursar en Más Que Baile.
(La fotografía de Carmen Lomana está tomada de formulatv.com)
No sé qué me ocurre últimamente, pero el caso es que a mis días les faltan horas y ya no me queda tiempo ni para actualizar el blog. Mala cosa. Debe de ser que ya necesito vacaciones. Menos mal que empiezan a perfilarse en el horizonte.
Esta semana ha comenzado con un encuentro con lectores en Alhama de Aragón, un hermoso municipio situado a unos 115 km de Zaragoza. Es famoso por sus aguas termales y su lago, además de disponer de cuatro balnearios. En la biblioteca charlé ayer sobre Días de menta y canela con las alumnas del taller de literatura del aula de adultos. Todas habían leído y trabajado el libro exhaustivamente con su profesora, Eva Bendicho, que había preparado una guía de lectura completísima. Fue un placer hablar con ellas sobre los personajes del libro y diseccionar, como si se tratara de personas de carne y hueso, sus motivaciones para actuar como actúan. Eso es algo que siempre me hace mucha ilusión, porque creo que cuando los lectores (o lectoras en este caso) se encariñan con algún personaje o llegan incluso a censurarlo, significa que nos ha salido verosímil. El tiempo se pasó volando y al final, César Muñío de Librería París nos hizo esta fotico para el recuerdo. Lo dicho: fue un placer.
Hoy cuelgo esta breve pero interesantísima entrevista a Silvia Querini, editora de Lumen, que apareció en el último número de El Cultural y da una idea de cómo está el mundo del libro.
Y a continuación, dos extractos de la entrevista que recomiendo leer entera:
P: ¿Cómo han cambiado los lectores? R: Arriesgan menos y compran casi siempre lo que otros ya han comprado. De ahí la polarización del mercado.
P: Hace años, Herralde denunció que la “muerte súbita” de los libros, su escasa vida, era una pandemia: ¿confirma el diagnóstico? R: Diagnóstico confirmado, con una aclaración: lo que vende mucho de arranque, se mantiene en librerías y dura más que las pilas Duracell. Lo que no, muy pronto se convierte en hermoso cadáver.
Vuelvo a asomarme por aquí después de haber tenido esto desatendido durante algunos (demasiados) días. Y es que, a veces, al día le faltan horas para hacer todo lo que nos gustaría hacer. Además de que ahora ando algo liada, me acabo de embarcar en una nueva novela y me tiene tan entusiasmada que me enredo a escribir y cuando quiero darme cuenta, ya he consumido todo el tiempo disponible.
En esto de empezar nueva novela suelo atravesar varias fases. Primero está el proceso de documentación, que puede ser más o menos extenso, según requiera la historia que llevo en la cabeza. Después, pienso cómo serán los personajes y me preparo el guioncito de lo que voy a contar, pensando ya el final al que quiero llegar. Aunque algunas veces (como me ocurrió en Días de menta y canela), barajo varios finales y cuando estoy a punto de acabar la novela, me decido por el que me parece más consecuente. Y después de todo esto y de haber visualizado la historia mentalmente una y otra vez, llega el día en el que abro un nuevo fichero Word y me pongo a escribir las primeras líneas.
Y ese momento está lleno de ilusión y muchas expectativas, pero también puede ser duro. Porque por muy preparada que lleve la novela en la cabeza, ese primer contacto con una historia nueva y unos personajes que aún no han sido explorados es como cuando hacemos nuevos amigos que a priori parecen muy majetes y prometen regalarnos ratos agradables, pero no dejan de ser perfectos desconocidos que pueden salir ranas, o incluso francamente bordes. En las primeras páginas me muevo como si estuviera de invitada en casa de esos nuevos y poco conocidos amigos: un poquito cohibida, tanteando el terreno, familiarizándome con sus costumbres e intentando averiguar cómo son en realidad.
Hasta que, de pronto, me doy cuenta de que ya no soy una mera invitada en casa de esos amigos, porque me siento muy a gusto con ellos. Que mis nuevos amigos ya no son unos desconocidos y que nos lo pasamos en grande juntos. Entonces sé que cuando concluya mi estancia en esa casa y llegue la hora de la despedida, lo pasaré mal y añoraré a esas personas que se me han metido en el alma.
Pues con esta nueva novela, ya ha quedado atrás la fase de las reticencias, me siento bien con la historia y los personajes pugnan por salirse de la pantalla del ordenador, igual que hacía Jeff Daniels en La rosa púrpura del Cairo. Cuando estoy con ellos, el teclado echa humo y se me pasa el tiempo volando. En momentos así, escribir genera una energía positiva que conviene aprovechar al máximo. Porque en cualquier punto se puede atascar la historia y entonces, es cuando toca tomarse un respiro para oxigenar la cabeza.
Bueno... y después de todo este rollo literario, un pequeño extracto del Concierto Nº 1 para piano y orquesta de Piotr I. Tchaikovsky,ejecutado por la Filarmónica de Berlín bajo la dirección de Herbert von Karajan y Evgeny Kissin al piano, que para eso hoy es el 170 cumpleaños de Tchaikovsky, según nos recuerda San Google.
El domingo pasado leí, como hago todas las semanas, la columna de Elvira Lindo en El País (aquí el link). La del otro día comenzaba disertando sobre el afán de ser original y de lo poco original que uno acaba siendo al final, para concluir con la disección de la película An Education. Y durante esa introducción Lindo hablaba de un libro sobre el instinto artístico que, según ella, supone una cura de humildad para muchos: The Art Instinct, de Denis Dutton, donde el autor sostiene que sólo hay siete argumentos posibles en la literatura. Cito textualmente un párrafo del artículo de Elvira Lindo:
El señor Dutton defiende que sólo hay siete argumentos posibles en la literatura, a saber: la lucha contra el monstruo; de los harapos a la riqueza; el héroe que viaja para salvar a su patria y conseguir el amor de la princesa; el viaje a un lugar extraño y el regreso a casa; la comedia, donde reina la confusión hasta que todo encuentra su orden; la tragedia, donde el ser humano se extralimita y ha de enfrentarse a terribles consecuencias, y el renacimiento que tiene lugar tras un traumático aprendizaje. Haga la prueba, piense en cualquier libro, Robinson Crusoe, La Cenicienta, Hamlet, El patito feo, La importancia de llamarse Ernesto, Alicia en el País de las Maravillas, Cuentos de Navidad o nuestro Quijote, y advertirá que todas las historias encuentran su sitio en esta clasificación.
Y pienso que el bueno del señor Dutton tiene toda la razón del mundo. Soy de las que afirman que la literatura habla de dos temas básicos: el amor y la muerte. Dos temas que pueden ampliarse con un tercero: la ambición. Pero he aquí que Denis Dutton establece una clasificación en siete temas básicos, o mejor dicho, únicos, y no puedo estar más de acuerdo con él. Incluso hice la prueba con mis propias novelas y por supuesto que encajan en alguno de los siete tema de Dutton.
No me ha sorprendido en absoluto. Hace mucho tiempo que no intento ser original por encima de cualquier otra consideración. Al fin y al cabo, todo ha sido contado antes por alguien que, seguramente, lo habrá hecho mucho mejor que una servidora. A estas alturas de la película, creo que lo máximo a lo que podemos aspirar los que pretendemos contar historias es a hacerlo lo mejor posible y a escribir sin artificios, vanidades ni búsquedas vacuas de la originalidad. Lo que distingue a un narrador de otro no creo que sea la historia en sí, porque ya no quedan historias novedosas que contar, sino el enfoque que le pueda dar cada uno al argumento, lo que vierta de su propia alma en el mismo, el modo personal de contarlo y lo que después transmita su novela entre líneas. En definitiva, el poso que deje en el lector.
Por eso, cuando leo (u oigo) que alguien califica despectivamente una novela o una película de “previsible”, o cuando me pillo a mí misma usando ese adjetivo, no puedo evitar preguntarme si no nos estaremos pasando al medir las obras por su supuesta originalidad, o porque nos ofrezcan muchas sorpresas y giros vertiginosos cueste lo que cueste, cuando esos fuegos de artificio en realidad tampoco son nada novedoso y ya fueron explorados mucho antes de que se nos pudiera ocurrir hacerlo a cualquiera de nosotros.
Para ilustrar la entrada, un tema del excelente trabajo que ha hecho Luz Casal con boleros de toda la vida. Un material que dista mucho de ser original, desde luego, porque lo hemos escuchado ya millones de veces en boca de todo tipo de artistas, pero que con la voz inconfundible de la Casal y su forma de vocalizar adquiere unos matices únicos que lo diferencian de lo que se ha hecho anteriormente. A mí me parece todo un ejemplo de cómo sin estridencias se puede lograr una interpretación original, profunda y personal de algo tan trillado (y a la vez tan bello) como son los boleros. (Por cierto, vaya imágenes que le han puesto al vídeo. Un poco cursis para mi gusto.)
Esta semana he estado liadísima, hasta el punto de no quedarme ni ganas de visitar blogs ni de actualizar el mío. Pero no hoy no me privaré de ofrendar unas líneas a Miguel Delibes, que para eso fue uno de nuestros grandes escritores. A él se le han dedicado muchos titulares en estos días, todos hemos revisado mentalmente qué obras suyas hemos leído y le han llamado “el maestro triste”, “el escritor total”, “el verdadero dueño de la lengua”, “un cazador que escribe”, entre otros calificativos más o menos certeros.
A mí, lo que siempre me ha llamado la atención en Delibes, aparte de su indudable maestría escribiendo, claro, es su discreción. Un rasgo que en estos tiempos casi puede parecer un handicap para un escritor, porque hoy en día, para que un libro destaque entre la irrefrenable avalancha de novedades debe contar con una buena promoción. Y no sólo por parte de la editorial. Las circunstancias cada vez exigen más que el autor se involucre en las actividades de marketing de sus libros, complementando la promoción que le organice la editorial, si es que lo hace, porque no todas disponen del presupuesto necesario para financiar una buena campaña de publicidad. Claro que se podría argumentar que a Delibes no le hacía falta promocionarse, porque le bastaba con su talento. Incluso podría decirse que en los años en los que él despuntó como escritor, no existía la presión actual por lograr que un libro destaque en la abarrotada mesa de novedades y por mantenerlo ahí el máximo tiempo posible. Pero hasta en épocas menos competitivas siempre hubo escritores - o artistas en general - que sabían venderse muy bien y conseguían colocarse por delante de otros con más mérito artístico, pero no tan dotados para el marketing. Por eso se me antoja llamativa y admirable la discreción de Delibes en un mundo donde todos tendemos a dejarnos seducir por el envoltorio, siempre que sea lo suficientemente atractivo (o extravagante) para caernos en gracia o, al menos, lograr que nos fijemos en quien lo lleva. Y Delibes no andaba por ahí en plan “escritor fetén” como hacían Umbral o Cela, ni organizaba “performances” estridentes al estilo de Dalí, por poner algún ejemplo de actitudes que solemos considerar “artísticas”. Delibes daba la impresión de ser una de esas personas que pasan de colocarse a toda costa en las fotos. De ser un hombre dedicado a trabajar y trabajar para sacar un buen producto.
Y vive Dios que lo logró. A él le recordaremos por su obra, no por la parafernalia con la que saben rodearse algunos (o algunas) para colocarse donde más calienta el sol.
El sábado venía en Babeliaun interesante artículo de Ignacio Vidal-Folchsobre ciertos genios de la literatura que fueron despreciables como seres humanos. Entre otros cita a Céline, Neruda y Gorki (enlace aquí). En realidad, el tema no es que sea novedoso. ¿Qué adicto a la literatura no habrá debatido esta cuestión alguna vez con sus amistades o en una tertulia literaria? La de veces que me sorprendí yo en el pasado (ahora, cada vez menos) cuando alguien me hablaba de ese artista idolatrado que en su vida privada había sido un egoísta, un parásito plagiador, un tacaño de lo más mezquino o incluso un sádico perverso. Como si el hecho de escribir una obra literaria de las que nos hacen babear de admiración y mucha envidia, componer una pieza musical sublime, o crear una película magistral, implicara a la fuerza una gran dosis de bondad y humanidad.
Y, sin embargo, creo que todos nos inventamos una personalidad idealizada para quien ha sido capaz de llegarnos al alma con una obra magnífica. Sobre todo, si ese artista se ha prodigado poco en los medios y no sabemos nada de él. Claro, cuando luego alguien publica sus pequeñas y estupidas mezquindades o sus grandes perversiones, nos llevamos un chasco monumental porque ese ser ruin de discurso anodino no casa con lo que nos había hecho creer su obra y se nos viene abajo la imagen idealizada. Lo mismo me ha ocurrido alguna vez con actores de esos impresionantes y viriles que me habían embrujado con una interpretación maravillosa y al verlos en una entrevista de televisión, me resultaron seres tontorrones de risa infantiloide que no paraban de decir sandeces.
En fin, si me gustara discurrir moralejas, la de hoy podría ser: no quieras saberlo todo sobre tu ídolo, porque se hará humano y perderá el brillo.
(La fotografía de Louis-Ferdinand Céline es de Roger Viollet y la he tomado de El País.)
NOTA IMPORTANTE: Puesto que en los últimos días no paran de entrarme en el blog comentarios-spam (diseminados a lo largo y ancho de las entradas que he ido escribiendo desde que lo abrí, por lo que lleva su tiempo buscar el post correspondiente y borrarlos), he incluido un control de comentarios por “verificación de palabra”, algo que pensé que no haría jamás y que me da mucha rabia. Esto no os afectará a los que soléis entrar a opinar en este blog y ya sois amigos cuyos mensajes son siempre bienvenidos, pero evitará (o eso espero) que se cuelen los odiosos e ininteligibles mensajes enviados por esa lacra que son los robots de spam.
A estas alturas, hasta el ermitaño más aislado sabe ya que el 28 de enero murió, a los 91 años, el escritor norteamericano J.D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno. Desde entonces, he leído tantas alabanzas de la novela que le dio la fama, que a ratos he llegado a sentirme como un bicho raro porque me dejaron más bien fría las andanzas de Holden Caulfield. A lo mejor es que soy muy retorcida, pero Caulfield me cayó gordo desde el principio. Me pareció un adolescente malcriado, cargante e inadaptado, de esos que van por la vida quejándose de todo y mirando por encima del hombro a los demás. El caso es que empecé a leer este libro con muchas expectativas y cuando lo acabé, me quedó una sensación de “bueno… vale, ¿esto era todo?” Tampoco puedo afirmar que el estilo literario me pareciera gran cosa. Tal vez la decepción se debiera a que lo leí muy tarde, con más de cuarenta años. Quizá me habría sentido más identificada con ese personaje si hubiera descubierto la novela de adolescente. En cualquier caso, ya sea porque el amigo Holden Caulfield no atrapa igual cuando se lee el libro en la madurez, o sea por otra razón, la cuestión es que no consigo sumarme a los que consideran El guardián entre el centeno una obra que marcó su vida. Por mí este libro pasó sin pena ni gloria.
De Salinger me llama la atención su decisión de retirarse del mundanal ruido literario en pleno éxito y el hecho de que viviera aislado desde 1951 hasta su muerte, o sea durante más de cincuenta años, escondiéndose tanto de periodistas como de admiradores. Un modo de vida que en estos tiempos, a priori parece un lujo que ningún escritor se puede permitir. Porque desde el momento en que un autor consigue interesar a un editor, sabe que no bastará con que su novela sea transformada en un libro que será distribuido a las librerías, donde con suerte lo expondrán durante un tiempo en la mesa de novedades. Cualquier escritor novato con los pies sobre la tierra es consciente de que hoy en día, los libros duran en esas mesas lo que tarda en derretirse un helado en el mes de agosto y que si no han logrado destacar durante ese lapso efímero, pasarán a engrosar el pelotón de vencidos que regresan cabizbajos a los almacenes de la editorial y desde allí, tal vez sean enviados a la guillotina. Por lo que ahora, a ningún escritor realista se le ocurriría fantasear con retirarse en plan Salinger y dejar que sus libros encuentren solos su camino, ya no hacia el éxito, sino simplemente en pos de la supervivencia pura y dura. Por eso, en estos tiempos de desmesurada oferta literaria, un escritor realista, por muy tímido, misántropo o vago que pueda ser, se alegrará si la editorial decide enviarle a hacer promoción e irá con gusto a todas las emisoras y redacciones que deseen entrevistarle, además de acudir ilusionado a cuantas firmas de ejemplares le propongan. Y no lo hará por engordar su ego (aunque siempre habrá quien sí lo haga por esa razón, claro), sino simplemente por dar a conocer un trabajo en el que ha invertido mucha energía, muchas ilusiones y muchos meses, incluso años de su vida. Luego, conforme pase el tiempo, el escritor novato pero realista irá descubriendo que se lo pasa bien conversando con sus lectores durante las firmas de ejemplares y en las ferias del libro. Y llegará a concluir que, quizá, el retiro de Salinger no fuera tal lujo, porque se evitó ciertas servidumbres de la vida literaria, pero también se privó de la parte más gratificante: el apoyo de los lectores que anima a seguir escribiendo. Aunque este ya es otro tema que daría para un post propio.
Acabaré hoy con un asunto que no tiene nada que ver con J.D. Salinger. Pero no quería dejar pasar esta entrada sin incluir un enlace al artículo que publicó ayer Manuel Vicent en El País en defensa del Cabanyal, el antiguo barrio valenciano que se ve amenazado por una de esas herejías urbanísticas a las que tan aficionados somos en esta España nuestra.
(La fotografía de Salinger es de Anthony Di Gesu, está en Getty Images, y la he tomado de El País. La del Cabanyal es de Julián Barón y también la he tomado de El País)
Llevo toda la semana con la intención de escribir sobre los prejuicios contra la literatura escrita por mujeres. Pero ya se sabe: la falta de tiempo, las prisas, luego se cruzó en mi camino Errol Flynn…
El caso es que quería comentar la entrevista aIsabel Allendeque salió la semana pasada en MujerHoy, el suplemento que acompaña los sábados a Heraldo de Aragón (y otros periódicos, según creo). Hoy he leído en El Periódico de Aragón la entrevista aÁngeles Caso, flamante ganadora del Premio Planeta. Y en las dos autoras me han llamado la atención varias de las respuestas que dan, porque creo que ponen el dedo sobre la llaga.
Isabel Allende: Si El amor en los tiempos del cólera, uno de los libros más maravillosos deGabriel García Márquez, lo hubiera escrito una mujer, quizá lo hubieran tachado de romántico y femenino. Muchas han rebajado el nivel sentimental de sus libros por temor a que los críticos las tacharan de blandas.
Me da rabia que cuando se habla de literatura a secas se asume que está escrita por un hombre blanco. Y todo lo demás necesita adjetivos: literatura infantil, literatura china, literatura femenina... Mucha crítica es terriblemente machista. Siendo mujer es más difícil ser publicada, ser tenida en serio, ser estudiada en las universidades.
Ángeles Caso: Los hombres son los que marcan la pauta de la cultura. El problema es que nosotras nos hemos dejado atrapar en esa trampa porque, presumiblemente, la mirada valiosa es la de ellos. Pero me niego a que por ver el mundo como mujer mi literatura sea considerada noña, cursi y sentimental.
Cuando publiqué mi primer libro, una persona muy conocida en el mundo del rock, nada sospechosa de conservadurismo, me dijo que por norma no leía libros de mujeres. Eso es un prejuicio tan absurdo como si yo dijera lo contrario. Pero un hombre puede decir estas cosas y nadie se rasga las vestiduras.
Bueno, pues ahí va mi propia experiencia: Yo debuté en el año 2003 con una novela de alto contenido erótico, La vida en cuarto menguante. Como ya sabréis los que soléis pasar por aquí, narra la historia de amor entre una mujer madura acomodada y un pescador de veintidós años que se prostituye para completar sus magros ingresos. El libro funcionó muy bien dentro del ámbito de distribución de una editorial modesta, aunque de trayectoria honesta y reconocido prestigio, como es Onagro (antes Zócalo). Quienes más lo leyeron y se entusiasmaron con él fueron mujeres. Porque la mayoría de los hombres - y de eso me di cuenta sobre todo en las ferias del libro - solían ignorar una historia de amor cuya autora era una mujer. Cuando les contaba a los que se detenían ante la caseta, que los personajes eran una cuarentona y un joven que podría ser su hijo, murmuraban una excusa y se iban. O compraban el libro para su esposa, su novia, alguna amiga. Muy pocos se lo llevaban para ellos. Aunque en ferias posteriores, algunos de esos señores se acercaban y me comentaban que su esposa, novia, amiga les había insistido en que leyeran el libro, y que les había gustado. Pero creo que en general, los hombres siguen considerando este tipo de historias como un devaneo femenino. Las fantasías erótico-festivas de una señora madura. Y estoy convencida de que si leen eso mismo – o sea, el amor entre una mujer madura y un hombre joven – narrado por un hombre, seguramente lo considerarán desde el principio literatura de la buena. Pero cuando una mujer escribe sobre ello, su producto tiene muchos boletos para ser tachado a priori de novela rosa y cursi, o incluso de desahogo de mujer insatisfecha.
Por supuesto, no todos los hombres tienen esos prejuicios. Ha habido muchos que han leído La vida en cuarto menguante y mis siguientes novelas porque les apetecía. Mi propio marido, que es mi primer crítico y también el más duro, disfruta con ellas y siempre me ha animado a escribir como escribo. Es decir, dando importancia a los sentimientos desde mi punto de vista, que es el de una mujer. También quiero destacar que han entrado (habéis entrado y seguís haciéndolo) muchos hombres en este blog después de haber leído Días de menta y canela. Pero, por desgracia, sigue habiendo un alto porcentaje que considera la literatura de mujeres como de inferior calidad y piensa, como apunta Ángeles Caso, que nuestro enfoque es cursi y sentimental (¿por qué siempre damos un sentido tan peyorativo a este adjetivo?).
Al igual que aún ocurre en muchos ámbitos de la sociedad (aunque, sin duda, hemos mejorado en las últimas décadas), a las escritoras nos sigue resultando más difícil que nos tomen en serio. Y, ojo, también hay mujeres que tachan de rosa, o directamente de ñoño, lo que escribimos otras mujeres cuando profundizamos en el amor o en los sentimientos en general. Y creo que es cierto lo que afirma Isabel Allende, de que muchas autoras rebajan el nivel sentimental de sus novelas para que sus libros entren dentro de la categoría de la literatura considerada "seria". Como si el amor, el erotismo, los sentimientos en general, no fueran algo muy serio. ¿Acaso no son el motor de nuestras vidas y lo que nos hace seguir adelante cuando las cosas vienen mal dadas? Entonces, ¿por qué avergonzarnos de ser como somos y de escribir como escribimos? Yo, desde luego, no creo que las escritoras debamos adoptar estereotipos masculinos para que nos respeten. Y pienso seguir dando cancha al amor, al erotismo y a los sentimientos en mis historias. Y si eso es rosa, pues bonito color.
Estoy leyendo ahora (a un ritmo más lento de lo habitual, porque ando liada y me cuesta encontrar un rato tranquilo para leer) Un jardín de placeres terrenales de Joyce Carol Oates. Es el retrato de una mujer nacida en el seno de una familia empobrecida durante la Gran Depresión, que con astucia logra ascender en la escala social. Me gusta cómo describe Oates las condiciones de vida de aquellos jornaleros que viajaban por el país en camionetas o autobuses cochambrosos para trabajar en la recolecta de frutas u hortalizas, y cómo se recrea en el retrato de los personajes. Hay quien echa en cara a esta autora que es lenta, pero a mí me gusta esa lentitud, que aquí no es falta de ritmo, sino la descripción minuciosa de una época que arrasó muchas vidas. A veces, mientras voy leyendo, me imagino las caras de los personajes como las de los jornaleros que retrató Dorothea Lange durante la Gran Depresión.
Y como soy tan aficionada a subrayar frases o párrafos que me llaman la atención, he encontrado uno que no me voy a privar de citar. En realidad, no pertenece a la novela, sino al postfacio que escribió la autora en 2002 para la reedición de Un jardín de placeres terrenales dentro de la colección Modern Library:
… un trabajo literario es una especie de nido: un nido cuidadosa y arduamente tejido de palabras que incorpora trozos y fragmentos de la vida del escritor dentro de una estructura imaginada, de la misma manera que el nido de un pájaro incluye todo tipo de cosas del mundo que existe más allá de nuestras ventanas, y en él se entretejen de forma ingeniosa.
Todos sabemos que una novela es ficción, pero ¿quién no se ha preguntado alguna vez mientras la lee, cuánto de lo que narra el autor podría estar sacado de su propia vida? Yo antes lo hacía mucho. Confieso ese pecadillo. Y es que cuando el autor, además, es famoso y se conoce su biografía (al menos, la oficial), resulta muy tentador establecer paralelismos entre lo que nos es está contando y lo que creemos que fue su vida.
Con el tiempo, conforme me fui adentrando en esto de escribir, me fui dando cuenta de que las primeras novelas casi siempre son muy autobiográficas y, por suerte, casi nunca son publicadas. Después, cuando por fin nos hemos desahogado de nosotros mismos, nos distanciamos de nuestras vidas y nos ponemos a inventar sin trabas. Aunque, como dice la señora Oates, siempre se van colando fragmentos de nosotros mismos en las historias que tejemos y en sus personajes. A veces, ni nos damos cuenta. Pero ahí están.
Y cuando la novela está en la calle, es cuando les toca a los lectores preguntarse lo que me preguntaba yo antes: si ese parte tan impactante de la novela, o esa escena tan erótica que hace latir el corazón más deprisa, o esa calamidad que golpea a los personajes, está basada en la biografía del autor. Bueno, pues en este punto cito a Alonso Cordel, poeta y profesor de un taller de escritura al que asistí hace años, que siempre nos decía que no hay que diseccionar las novelas para averiguar qué es autobiográfico y qué no, porque les resta misterio y las desvirtúa.
Pero, ¿y lo que disfrutamos los lectores siendo morbosillos?
Ando estos días de bochornoso calor releyendo a ratos El siglo de las luces de Alejo Carpentier. Un libro que abandoné hacia la página 12 en el primer intento – tenía entonces veintitantos años - y que me hechizó cuando lo abrí por segunda vez, ya en la treintena. Creo que los libros, como todo en la vida, tienen su momento. Y si ese momento no ha llegado, ya sea porque nos falta madurez, o porque no nos encontramos bajo el estado de ánimo apropiado, o porque tenemos otras cosas en la cabeza que nos impiden disfrutar de una novela, la lectura difícilmente podrá complacernos. Claro que también puede ocurrir que un libro simplemente no nos guste ni pueda llegar a gustarnos jamás, igual que nos pasa con ciertas personas. Pero eso ya sería otro tema.
El caso es que releyendo la novela de Carpentier, me ha dado por rumiar lo importante que es – hoy en día más que nunca - el comienzo de un libro. Esas primeras líneas que pueden meternos de lleno en la historia, o empujarnos a abandonarla después de haber leído unas pocas páginas. Creo que nunca un libro se había jugado tanto como ahora con el párrafo inicial. Y me pregunto si conseguiría destacar en el mercado actual una novela como El siglo de las luces, con sus personajes bien trazados que se mueven entre el Caribe de finales del siglo XVIII y la Francia de la Revolución, llena de hermosas descripciones que rezuman maestría y sensibilidad, pero escrita sin apenas puntos y aparte y con un comienzo que, ahora que todos nos hemos vuelto lectores impacientes y estamos habituados a que los autores nos empujen sin preámbulos dentro de una historia (a ser posible, escrita a ritmo vertiginoso para que no nos aburramos ni un segundo) podría parecer denso. Si a la impaciencia lectora (en la que todos caemos en mayor o menor medida, dada la vida que llevamos) le añadimos la cantidad de novedades que se publican, lo difícil que lo tienen para destacar en la mesa de novedades y el poco tiempo que dura un libro sobre esa mesa, creo que ahora hasta un maestro como Carpentier lo tendría más difícil. Por suerte, él conoció tiempos menos apresurados y los lectores de ahora, a pesar de nuestra impaciencia adquirida, podemos disfrutar de novelas como El siglo de las luces.
Puesto que hoy estoy trabajadora, copio abajo las primeras líneas de El siglo de las luces y tres comienzos de esos que abren la puerta de la novela de par en par, invitando al lector a entrar hasta la mismísima cocina para que se empape de la vida de los personajes.
Detrás de él, en acongojado diapasón, volvía el Albacea a su recuento de responsos, crucero, ofrendas, vestuario, blandones, bayetas y flores, obituario y réquiem – y había venido éste de gran uniforme, y había llorado aquél, y había dicho el otro que no éramos nada… - sin que la idea de la muerte acabara de hacerse lúgubre a bordo de aquella barca que cruzaba la bahía bajo un tórrido sol de media tarde, cuya luz rebrillaba en todas las olas, encandilando por la espuma y la burbuja, quemante en descubierto, quemante bajo el toldo, metido en los ojos, en los poros, intolerable para las manos que buscaban un descanso en las bordas. El siglo de las luces, Alejo Carpentier
Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn, de manera que al día siguiente salí de Westchester y fui para allá a reconocer el terreno. No había vuelto en cincuenta y seis años, y no me acordaba de nada. Mis padres se habían ido de la ciudad cuando yo tenía tres años, pero el instinto me llevó al barrio donde habíamos vivido, arrastrándome como un perro herido al lugar donde nací. Brooklyn Follies, Paul Auster
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez
Llevaba los pantalones arremangados y el agua me mojaba los tobillos. Me gustaba estar así, de pie, inmóvil, en silencio. Me gustaba tener los ojos cerrados y sentir cómo la brisa del mar me revolvía el pelo. También me gustaba escuchar el rumor de las olas e imaginar que me estaban diciendo algo. Me ocurría como con el tictac del despertador en las noches de insomnio, que siempre me decía lo mismo: “No puede ser, sí puede ser, no puede ser.” Las olas, en cambio, decían: “Ahooora, ahooora”. O decían: “Bueno, bueno.” O también: “Vaaamos, vaaamos.” Carreteras Secundarias, Ignacio Martínez de Pisón
El otro día leí en El Mundoel anuncio de la entrevista que iba a publicar el suplemento Yo Donacon la mujer que durante treinta y dos años fue pareja de hecho de Stieg Larsson. A estas alturas, creo que quien más y quien menos sabe que, según las leyes suecas, Eva Gabrielsson no tiene derecho a percibir ni una migaja de los beneficios que están generando las novelas de la trilogía Millenium. Beneficios millonarios que irán a parar a la familia de Larsson, con la que, al parecer, el escritor ni siquiera se llevaba bien.
Y me ha dado por cavilar sobre la mala uva que a veces tiene la vida, el destino, el azar, o lo que sea, que da turrón a quien ya no posee dientes para disfrutarlo, porque ni siquiera está vivo. ¿De qué le sirve a Larsson todo este éxito, tanto a nivel de reconocimiento literario como económico, si murió antes de ver publicado el primer libro de los tres que llegó a escribir?
Me imagino al pobre hombre robándole horas al sueño, a sus otras aficiones, si las tenía, o a estar con su chica, por sacar tiempo para sumergirse en el universo paralelo que iba creando poco a poco. Le imagino tecleando con esa pasión que vamos sintiendo conforme nos adentramos en el mundo de una novela. Le imagino reclinándose satisfecho contra el respaldo de su silla, intuyendo que tal vez estaba creando algo que podría conectar con muchos lectores. Y me da pena cuando pienso en todo lo que se ha perdido Larsson. Y no me refiero al montón de beneficios que están generando sus novelas, una lotería que – no nos engañemos - siempre le viene bien al afortunado (si está vivo, claro), porque aunque no se escriba por dinero, hay que pagar facturas, comer de caliente y alimentar a los hijos, y un pellizco así resuelve problemas de liquidez y da estabilidad económica.
Pero cuando hablo de lo que se ha perdido Larsson, no me refiero a que ahora podría tener el riñón bien cubierto. Pienso en esos momentos de dicha que, al margen de los ingresos, proporciona la publicación de un libro y que él no llegó a disfrutar. Ese instante en que sostenemos por primera vez entre las manos un ejemplar de nuestra novela, pasamos las hojas y leemos encuadernado lo que antes era manuscrito. O ese otro en que descubrimos ejemplares del libro en las mesas de novedades de las librerías, tal vez incluso en algún escaparate. Larsson tampoco tuvo tiempo de ver cómo su novela iba ganando adeptos en todo el mundo. Ni pudo sentirse feliz por haber conseguido lo que desea todo escritor: aportar algo a sus lectores, ya sea porque les ha conmovido, les ha hecho pensar, les ha dado información interesante, o simplemente les ha proporcionado horas de buen entretenimiento, que no es cualquier cosa. Y encima, el hombre ni siquiera llegó a tiempo de dejar atado quién debía cobrar sus derechos de autor en caso de que él faltara, con lo que no pudo ni legar una buena herencia a su pareja.
No me diréis que la vida no puede ser borde cuando se lo propone.