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viernes, 15 de abril de 2011

CHAPLIN

Hoy me entero por San Google de que hace 122 años del nacimiento de Charles Chaplin, ese genio de bigotillo, bastón y andares pizpiretes. Así que regreso a esta nuestra comunidad tras algún tiempo de ausencia (es que ando muy liada ahora y el día no me da para más) para homenajear a este buen señor. La verdad es que me ha costado decidirme por una sola escena, porque hay tantísimas para incluir… desde la escena en la que se come una bota en La quimera del oro hasta el baile con el globo terráqueo en El gran dictador, o la escena de la fábrica en Tiempos modernos, y muchas más. Al final, he elegido la de la barbería de El gran dictador, con esa Danza Húngara de Brahms. La verdad es que si fuera hombre, no sé si me pondría en manos de un barbero así, por muy buena música que eligiera para su "performance".




jueves, 3 de marzo de 2011

GUYS AND DOLLS

Cuando estoy en plena escritura y llevo ya algunas horas dándole a la tecla, a veces para un rato, me asomo a YouTube y reviso escenas de películas antiguas para relajarme. Hace poco me acordé de Ellos y ellas (Guys and Dolls), el curioso musical de Joseph L. Mankiewicz, estrenado en 1955. Digo curioso porque es memorable ver a Marlon Brando y Jean Simmons cantando y bailando en un decorado que finge ser La Habana de los años cincuenta.

La trama es muy sencilla. Un caradura que organiza partidas de dados en Nueva York, interpretado en la peli por otro jeta, el inefable Frank Sinatra, se apuesta mil dólares con el jugador Sky Masterson, aque viene con la envoltura de Marlon Brando, a que no logra seducir a una joven mojigata que pertenece al Ejército de Salvación, a la que da vida, of course, la angelical Jean Simmons. Para llevarse al huerto a la chica, Masterson se saca de la manga un viaje a La Habana y allí, la sargento del Ejército de Salvación sucumbe a la sensualidad del Caribe, a los encantos del galán y al amor. La chica acaba desmelenándose en La Habana para regocijo del gavilán Sky Masterson, que tampoco sale indemne de ese viaje, porque se enamora de la mojigata desbocada y muda su plumaje de ave de presa por el de una dulce palomita.

Lo dicho, una trama sencilla que funciona muy bien gracias a los números musicales y a la sensualidad que desprende la película. Yo la vi de adolescente y quedé encantada con esos espectaculares bailes que se marcan en un tugurio habanero de cartón piedra. Incluso Marlon Brando me parece de lo más seductor en esta película, vestido al más puro estilo gangster mafioso. Y eso que nunca fui Brandoniana. Siempre me ha parecido que este señor tenía el trasero algo gordo. Pero aquí estaba guapísimo. Sería el influjo del trópico, aunque éste fuera de mentira.

Contemplemos cómo bailaban aquí Marlon y Jean:



Y aquí incuso cantaban, aunque supongo que no serían sus voces:

lunes, 15 de noviembre de 2010

¡SAPOS, NOOO!

La muerte de Luis García Berlanga me pilló fuera este fin de semana, por lo que mi entrada llega ya con un retraso considerable. Pero aunque esté todo dicho, no me voy a privar de dedicarle un post a este señor tan observador, mordaz y cargado de un humor muy, pero que muy negro (a la par que surrealista).


Me gustan todas sus películas. Unas más, otras menos, como suele ocurrir, pero creo que hasta sus trabajos “menores” son mejores que algunas cosas que nos venden por ahí como maravillosas. Mi favorita desde siempre es Bienvenido Mr. Marshall. Sigo tronchándome cuando veo a Pepe Isbert asomado al balcón de la casa consistorial y graznando eso de “Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación y esta explicación que os debo os la voy a pagar”. O cuando llega la escena del sueño del alcalde ante la inminente llegada de los americanos y Pepe Isbert irrumpe en un salón del oeste, disfrazado de sheriff y poniendo cara de mucha ferocidad. Y por cierto, ¿quién no ha imitado en alguna reunión familiar o de amigos - y con algunos tragos encima, todo sea dicho - la parrafada balconera de Pepe Isbert, mientras los demás se mueren de la risa etílica en sus sillas?


Creo que a los que ya tenemos cierta edad, las películas de Berlanga se nos han metido en la sesera y hasta en casa. En la mía, llamamos “sapos” a los langostinos desde que vimos a Luis Ciges rechazando el que le ofrecían unas damas caritativas en Plácido, esa película tan esperpéntica en la que las buenas gentes de una pequeña ciudad organizan un sorteo de pobres para que cada familia de bien pueda sentar a uno a su mesa por Nochebuena. Y claro, luego pasa lo que pasa: que los pobres les salen zafios, hacen ruidos sorbiendo la sopa y rechazan los manjares que les ofrecen.


- Tenga, un langostino.
- ¡Sapos, no! Que no me gustan.


¿Y qué decir de la escena de Vivan los novios en la que José Luis López Vázquez encuentra a su madre ahogada en la diminuta piscina de plástico donde un rijoso turista extranjero había retozado antes con sus dos amiguitas? Humor hiper-super-mega-negro, que diríamos ahora.

En fin, creo que sobran las palabras. Mejor cuelgo las escena del balcón y del salón de Bienvenido Mr. Marshall.



Y ésta de Plácido:

martes, 31 de agosto de 2010

AMARCORD

Estoy estos días en plan de desempolvar a Fellini y Nino Rota. Hoy cuelgo aquí dos escenas de Amarcord, esa obra maestra del cine.

Primera escena: la de los zangolotinos bailando y soñando en el hotel vacío entre la ventisca:


Segunda escena: la del pueblo al completo - con su acordeonista, la más guapa del lugar, el ligón de cabello engominado y todos los notables - que se hace a la mar en botes para saludar al transatlántico Rex a su paso por la costa. Y, como suele ocurrir con lo que deseamos en la vida con tanta intensidad que hasta nos duele, el transatlántico pasa de largo llevándose sus lucecitas brillantes, que representan cada uno de los pequeños sueños de cada habitante del pueblecito costero.

viernes, 2 de julio de 2010

STANLEY DONEN Y CHARADA

Hoy viene una interesante entrevista en El País a Stanley Donen, director de películas tan maravillosas como Cantando bajo la lluvia, Una cara con ángel, Dos en la carretera y… Charada, una de mis películas favoritas. Ay, esa maravillosa escena en el bateau mouche que recorre el Sena por la noche. En mi novela La cara oculta de la luna tiene una gran importancia esta película. Cuelgo un pequeño extracto en el que la protagonista habla de Charada:

Desde niña soy soñadora hasta la idiotez y esa cursilería me sale en los momentos más inconvenientes. Charada, la película de Stanley Donen con Cary Grant y Audrey Hepburn, siempre ha sido mi debilidad suprema. El talón de Aquiles que Julio aprovechó para vencerme. Aún me encandila la escena cuando Cary Grant y Audrey Hepburn cenan en un barco que recorre el Sena nocturno. De pronto se apagan las luces que adornan la embarcación. Ésta se desliza a oscuras sobre el agua, mientras un reflector sorprende a varias parejas besándose junto al río y a música de Manzini embellece a ese París de película, hermoso como nunca llega a ser la realidad. Para qué iba a decir a Julio que no estábamos en París, que él no se parecía a Cary Grant y yo no tenía de Audrey Hepburn ni el blanco del ojo. Estaba decidido. Cenaríamos en el barco-restaurante. Me callé y claudiqué. Una vez más.

Aquí la escena del Sena de Charada:




Y para estimular el optimismo a bordo, algo que nunca viene mal en tiempos de crisis, la escena de las escenas de Cantando bajo la lluvia y del musical de Hollywood. La he colgado ya alguna vez, pero es que me encanta. Es otra de mis debilidades.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

CINCUENTA AÑOS CON LA MUERTE EN LOS TALONES

He leído que el lunes hizo cincuenta años del estreno de Con la muerte en los talones de Alfred Hitchcock. Es una película que no tiene desperdicio, pero cuando pienso en ella, lo primero que me viene a la cabeza es la escena de la avioneta fumigadora que persigue a Cary Grant por una carretera solitaria en medio del secarral y acaba estrellándose contra un camión cisterna. Bueno, también está la persecución final por el Monte Rushmore, con Cary Grant y Eve Marie Saint trepando por las rocas donde están esculpidas las caras de los presidentes de los Estados Unidos. Y muchas escenas más. Aunque donde esté la de la avioneta…


jueves, 22 de octubre de 2009

UN DÍA MELANCÓLICO-ROMÁNTICO

Hoy ha amanecido un día de lluvia y viento frío. De esos que predisponen hacia estados de ánimo melancólico-románticos. Y me he acordado del beso bajo la lluvia de Desayuno con diamantes, la escena final de una de mis películas favoritas de Blake Edwards. Es perfecta. El chaparrón, Nueva York, el taxi amarillo, un gato llamado “Gato”, la música de Henry Mancini y los dos protagonistas, jóvenes y bellos (George Peppard aún estaba muy lejos de ajamonarse), besándose con la pasión de ese amor nuevo que hace olvidar los sueños que no se han cumplido y los que tal vez nunca se cumplan. Es posible que su amor muera cuando lo ahoguen la rutina, las facturas pendientes, la insatisfacción, las arrugas y los reproches mutuos. Pero en ese momento es luminoso. Hasta la lluvia resplandece.
La escena ideal para un día de otoño melancólico-romántico.

domingo, 13 de septiembre de 2009

SIN PERDÓN

Anoche echaron en la tele Sin Perdón de Clint Eastwood. Es una de esas películas que no me cansaría de ver una y otra vez. Por muchas razones. Por la historia. Por la interpretación de los actores. Por su impresionante sobriedad de tragedia shakespeareana. Por los magistrales diálogos. Como ayer cenamos fuera y no me acordé de ponerla a grabar, sólo pude ver un trozo al final. No importa. Volverán a programarla.

Hay una frase que me impresionó cuando vi la película por primera vez. Y las siguientes, también. Es cuando el Duro Clint le dice al aprendiz de pistolero eso de "Matar a un hombre es algo muy duro. Le quitas todo lo que tiene y todo lo que podría tener". Siempre me ha parecido un pedazo de frase dentro de una gran película. De esas frases envidiables que me gustaría haber escrito en alguna de mis novelas.


sábado, 25 de abril de 2009

MANHATTAN, O DE CUANDO QUISE SER COMO DIANE KEATON



Hoy se cumplen treinta años del estreno de Manhattan de Woody Allen. Yo la vi en Valencia a los 21 años. Hacía relativamente poco que había descubierto Rhapsody in Blue de George Gerswhin, que me había hecho asomarme al Nueva York del jazz, el de los interminables rascacielos que se hunden entre nubes en blanco y negro, el de las películas de gángsters con botines o las de grandes pasiones a la sombra del Empire State Building interpretadas por Cary Grant y Deborah Kerr. Y entonces, va y me siento con mi chico en el cine para ver la última película de Woody Allen. Y la película arranca con fotogramas en blanco y negro de la mítica ciudad, acompañados por la voz en off del protagonista mientras suena como fondo musical el comienzo de mi adorada Rhapsody in Blue. Quedé embobada con ese Nueva York de 1979 y no me recuperé en toda la película.

Al salir del cine, una chica española que se había criado en Alemania quería ser como Diane Keaton. Ya había admirado su desparpajo, su sombrero masculino, su chaleco negro y sus enormes pantalones de pinzas en Annie Hall. En Manhattan seguía hablando como si le hubieran dado cuerda, pero había cambiado de peinado. Llevaba una permanente con flequillo, que echaba el pelo sobre el rostro como si fuera un paraguas abierto. Recuerdo que aquel peinado estuvo muy de moda ese año. Tanto, que lo llevaban hasta las glamourosas intelectuales cinematográficas de Nueva York. Mujeres seguras de sí mismas, que vivían en pisos acogedores llenos de libros y se pasaban el día entre diálogos sesudos con hombres que iban de intelectuales, cuando en el fondo buscaban lo mismo que sus padres, abuelos y bisabuelos: acostarse cuanto antes con la chica. Mujeres que en la pantalla acababan combatiendo cuerpo a cuerpo, entre sábanas que se intuían suaves y perfumadas, con esos hombres tan sabios, a veces bajitos, feos y narigudos, pero siempre ennoblecidos por sus pensamientos elevados.

Hace treinta años quería ser como Diane Keaton. Ahora me he cansado de imitar a mis ídolos. Me conformo con lo que soy. Y hace mucho tiempo que no he vuelto a ver esta película. Incluso me da algo de miedo revisarla, por si ha envejecido mal y mancha el recuerdo de mis sueños de entonces. Aunque mientras escribo esto, confieso que me están entrando ganas de hacerme con el DVD para darle un rato a la nostalgia y contemplar sus hermosos fotogramas acompañados de Rhapsody in Blue y los viejos standards de George Gershwin.

La fotografía la he tomado de carteles.metropoliglobal.com

jueves, 12 de marzo de 2009

CANTANDO BAJO LA LLUVIA

Hoy, un poco de cine musical para insuflarnos optimismo, que falta nos hace. ¿Y qué mejor escena que la de Gene Kelly empapándose mientras baila bajo una lluvia torrencial pensando en su chica, de la que se acaba de despedir?

Sé que no a todo el mundo le gustan los musicales de Hollywood. Mucha gente me ha dicho: ¿pero qué sentido tiene que un tipo esté comiendo, se acuerde de su chica, salte de la silla y se ponga a dar brincos y gorgoritos con la boca llena? ¿O que ese loco esté sentado en un banco con su chica y de pronto, se ponga en pie y se le declare cantándole cursiladas, mientras ella le sonríe con cara de boba? Y no les falta razón. Hay musicales del viejo Hollywood que son un batiburrillo de canciones, bailes y almíbar no apto para todos los gustos. Pero hay otros donde los números musicales están perfectamente integrados y complementan una historia que en algunos casos, contiene buenos golpes de humor. Como esta película, una de mis favoritas de toda la vida.

Claro que yo tengo alma de carroza. Me crié en Alemania viendo con mi madre viejas películas de Hollywood en la penumbra parpadeante de un televisor en blanco y negro. Y creo que las dos soñábamos por igual. Tal vez por eso me gustan escenas como la de Gene Kelly cantándole a la cursi de Debbie Reynolds (esta mujer es lo único que me chirría de la película) en un plató de cine vacío, donde sólo hay un foco, un ventilador y una escalera. Y me encanta verles bailar.

Eso sí: estas cosas sólo me gustan en el cine. Si un hombre se plantara delante de mi tan cargado de razón como Gene Kelly y arrancara a cantarme su amor, creo que echaría a correr y batiría marcas de velocidad.

jueves, 26 de febrero de 2009

EL DURO CLINT

Ayer concedieron a Clint Eastwood en Cannes una Palma de Oro Honorífica. Quién nos iba a decir a los que hace años poníamos verde al duro Clint a propósito de su Harry el Sucio, que el señor nos iba a ofrecer joyas como En la Línea de Fuego, Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal, Mystic River, Million Dollar Baby, Los Puentes de Madison, por citar mis favoritas.

Ay, ese grandioso final de Los Puentes de Madison County, una película de amor sin sentimentalismos ni cursilerías que no me canso de ver.


viernes, 20 de febrero de 2009

SOBREVIVIRÉÉÉÉ

Un poco de música y humor de cara al fin de semana: ¿recordáis el baile de las tres drag queens en aquella deliciosa Priscilla, reina del desierto, al son de la música de Gloria Gaynor? Pues, a disfrutar...

domingo, 8 de febrero de 2009

JOSEPH L. MANKIEWICZ

El 11 de febrero se cumplen cien años del nacimiento de Joseph L. Mankiewicz, el hombre que dirigió peliculones como Eva al desnudo (la historia de una trepa donde Anne Baxter y Bette Davies ofrecen un duelo interpretativo de primera), La condesa descalza (menudo melodrama de amor y lujo), El americano tranquilo, De repente, el último verano (ay, esa arpía mala malísima interpretada por Katherine Hepburn), la superproducción Cleopatra (Richard Burton con minifalda y sandalias) y La Huella (otro duelo entre dos actorazos que tiene al personal sin parpadear durante las dos horas y pico que dura la cinta).

Entre todas estas películas hay un montón de escenas memorables para elegir como homenaje a uno de mis directores de cine favoritos, pero me he decantado por esta de Cleopatra. Concretamente, cuando la señora hace su majestuosa entrada en Roma. No hay nada como irrumpir en un lugar a lo grande. La discreción es para los demás. Como cantaba la niña María Isabel: Antes muerta que sencilla.


(La fotografía de Mankiewicz es de EFE)

martes, 27 de enero de 2009

LET'S FACE THE MUSIC AND DANCE

Desde niña me encantan los musicales de Hollywood y de vez en cuando me gusta volver a ver películas de aquellos monstruos de la danza que fueron Fred Astaire y Gene Kelly. El otro día revisé por YouTube (¿cómo no?) la escena de la cinta Follow the Fleet (1936) donde Fred y Ginger bailan (y Fred también canta) Let’s face the music and dance. Y recordé que la mayoría de las películas que rodaron Fred Astaire y Ginger Rogers como pareja cinematográfica datan de la época de la Gran Depresión, cuando la gente iba al cine para olvidarse por un rato de su cruda realidad viendo bailar a deslumbrantes damas envueltas en gasas, sedas y brillantes lentejuelas y a caballeros vestidos de pingüinos o en impecable esmoquin. Casinos de lujo, salas de baile, paradisíacas playas y suntuosos hoteles de Río de Janeiro (Flying down to Rio), mansiones millonarias, ríos de champán... todo lo contrario de lo que le tocó vivir a la gente de a pie en aquellos años (y en cualquier otra época). No hay más que fijarse en lo que canta Fred Astaire en la escena que incluyo más abajo para ver el carácter “antidepresivo” de estos musicales y por qué gustaban tanto y nos siguen gustando ahora:

There maybe trouble ahead
But while there’s moonlight and music
And love and romance
Let’s face the music and dance…
La traducción (muy libre) podría ser algo así como:
Puede que se vislumbren problemas en el horizonte
Pero mientras tengamos la luz de la luna y la música
y el amor y el romance
enfrentémonos a la música y bailemos…
Toda una declaración de principios con la que los cineastas del viejo Hollywood animaban al personal en tiempos de crisis. Si la que padecemos ahora en el mundo mundial arrecia aún más, veamos con qué nos intentan arengar los del cine. De momento, escuchemos la música y bailemos.



Y otra escena alucinante y muy kitsch de la película Flying down to Rio (1933), la primera película que rodaron juntos Ginger y Fred. (Atención a los "shorts" de los caballeros del fondo):

lunes, 12 de enero de 2009

EL DOCTOR ZHIVAGO EN SORIA

He encontrado un curioso video en YouTube relacionado con el rodaje en Soria de Doctor Zhivago. Pepa y Ernesto: también salen los Pinares. Espero que lo disfrutéis.


viernes, 9 de enero de 2009

NIEVE

Está nevando en Zaragoza. De hecho, ahora mismo caen copos como guisantes. Tiene algo de hipnótico ver caer esas bolitas blancas. Cuando nieva con ganas, todo parece más silencioso y pacífico.

Me encanta ver nevar, incluso caminar bajo la nevisca, bien abrigada y con el calzado adecuado. Como hacía de niña en Alemania, donde a nadie le asustaba andar o conducir por las calles nevadas, siempre que no hubiera hielo. Y cuando helaba, los niños estábamos de enhorabuena porque se suspendían las clases. Podíamos hacer pellas sin que nos pusieran falta. Todo el mundo, salvo algún insensato que otro, se quedaba en casa hasta que pasaban los camiones y echaban sal para hacer transitables las aceras y el asfalto.

Supongo que aquí no cuajará la nevada. Es difícil que Zaragoza se convierta en una estampa a lo Doctor Zhivago. Para compensar, he buscado una de esas viejas escenas para recordar: cuando Julie Christie parte de la mansión en ruinas y cubierta de hielo donde se había ocultado con Omar Sharif, y él sube corriendo al primer piso y rompe el cristal de una ventana para retener la última imagen del trineo alejándose por la nieve. En alguna parte leí que esa película se rodó en Soria. Quién lo habría pensado.

jueves, 4 de diciembre de 2008

EL HOMBRE TRANQUILO

Leyendo el domingo pasado, como cada semana, el artículo de Arturo Pérez-Reverte en XL Semanal “Sobre mochilas y supervivencia” (como es muy largo de resumir, copio aquí el link, por si alguien lo quiere leer de primera mano), en el que habla sobre la mochila de supervivencia que el ayuntamiento de Madrid recomienda tener preparada para casos de catástrofe – y donde el autor saca punta al tema a su manera tan perez-revertiana -, vi que incluiría en esa hipotética bolsa, entre otras muchas cosas, varios DVD de películas clásicas: Río Bravo, Los duelistas, Perdición y El hombre tranquilo.

Y recordé escenas sueltas de El hombre tranquilo, una de mis películas favoritas y de las pocas , junto con La Diligencia y, tal vez, Río Bravo, en la que hasta me cae bien ese pedazo de bestia de John Wayne (en otras, no lo soporto). Me vino a la memoria el pueblecito de Innisfree con sus dos párrocos – uno católico, el otro protestante -, el inevitable pub, el mensajero-casamentero-factótum Michaeleen que califica todo de “homérico”, el bruto del hermano de Maureen O’Hara, la pelea final y la escena del beso en el cementerio. Pocas películas habrán logrado – y lograrán – transmitir semejante erotismo y romanticismo mostrando tan pocos centímetros de piel. De hecho, la única carne que se ve es la de John Wayne transparentándose a través de la camisa empapada por la tormenta. Pero… ¡qué escena tan intensa para el recuerdo!

Hoy la he encontrado en YouTube, ese baúl donde cabe de todo. Aquí os la dejo:

Y de regalo, incluyo el principio de la película. ¡Homérico!

jueves, 20 de noviembre de 2008

EL GUATEQUE

Hoy, va de cine. Cuelgo una de las escenas que más me gustan de la película El Guateque, dirigida por Blake Edwards e interpretada por el magistral Peter Sellers. He visto esta película un montón de veces y siempre me río... y eso que me sé los gags. Esta escena es la del camarero borracho, el pollo volador, el maitre desesperado. En fin, vean y juzquen ustedes mismos.




Revisando ahora la escena por YouTube, se me ocurre que es curioso lo que pasa a veces con los actores. Viendo las películas de Peter Sellers, siempre pensaba que debía ser un hombre muy divertido, más o menos feliz, aunque, eso sí, tan torpe como sus personajes. Hace unos años, cuando estrenaron esa película sobre su vida interpretada por Geoffrey Rush (Llámame Peter), leí en algún sitio que había sido un hombre torturado y egocéntrico con una vida afectiva muy complicada a sus espaldas. Moraleja: no se debe confundir a los actores con los personajes que interpretan.

viernes, 19 de septiembre de 2008

MAMMA MÍA




Charlando el otro día con unos amigos salió a relucir Mamma Mía, la película donde Meryl Streep, Pierce Brosnan y otros actores “serios” se desmelenan por completo con canciones de ABBA, aquel grupo sueco que ganó el Festival de Eurovisión con Waterloo en 1974, cuando aún venerábamos ese evento (que ya ha dejado de ser venerable) y nos reuníamos a verlo ante el televisor la familia al completo (en plan familia Ulises con abuela, canario y caja de magdalenas), otras unidades familiares amigas (también con sus abuelas, sus canarios y sus cajas de magdalenas), parientes de ocasión y, a veces, algún vecino afín. Yo nunca llegué a ser fan de los ABBA, porque a grandes dosis su música y aquellas puestas en escena tan horteras me producían sensación de empacho. Aunque no niego que algunas piezas, como la famosa Dancing Queen, o esa de Super Trouper, por ejemplo, tienen su aquel e inyectan ganas de ponerse a bailar hasta cuando estamos postrados en el sillón del dentista con la boca abierta.

Pero no era eso lo que pensaba comentar, sino cuánto me choca el abismo que hay entre las opiniones de la crítica especializada y las del público de a pie. Mientras los primeros, la mayoría de ellos, al menos, han calificado a la película de mala sin más, los segundos, el público de a pie, están entusiasmados y la han convertido en un exitazo.

Y cavilando sobre todo esto, me ha surgido la pregunta del millón: ¿debemos medir una película (o un libro, o una composición musical) que sólo pretende entretener y lo hace bien (en este caso, pienso que muy bien), con el mismo rasero que aquellas películas serias que antes llamábamos “de arte y ensayo”? De acuerdo, Mamma Mía es una historia muy simple, amable, con un toque picarón, que no tiene ninguna profundidad ni se complica la vida en ningún momento. No trata temas serios, no hurga en las miserias de los personajes, no nos hace reflexionar, pero tiene espectaculares números musicales (incluso usando la música de ABBA), escenas muy cómicas, buenos actores que hasta aparentan pasárselo bien y, en resumen, su visión promueve el optimismo (cosa nada desdeñable en estos tiempos que corren). De los que hayáis visto Mamma Mía en el cine, sed sinceros: ¿quién no ha salido tarareando mentalmente Dancing Queen? ¿Quién no se ha reído a carcajadas viendo a la Streep y a las otras dos ex integrantes del grupo Donna y las Dynamo cantando Super Trouper, con esas plataformas y esos trajes chillones al estilo de Priscilla, Reina del Desierto? Y el regalo final, cuando todos los actores cantan Waterloo disfrazados con trajes años setenta, es impagable (atención a Pierce Brosnan y Colin Firth en plan componentes de Abba).

Yo confieso que me lo pasé muy bien viendo Mamma Mía. Y no me siento nada culpable por haber disfrutado de un producto comercial e intrascendente. No sólo de Bergman vive el cerebro. Creo que no hay nada de malo en consumir cine o literatura de entretenimiento, siempre que sepamos qué es lo que nos estamos echando a la mente, que también tiene derecho a sus ratitos de diversión frívola.

Ah, a Maruja Torres también le gustó Mamma Mía. Véase su artículo publicado el día 14 en El País. Aquí, una pequeña perla:
Gocé como una enana con unas canciones en las que apenas reparé en su momento y con un despliegue de buen hacer veterano. Gocé, sobre todo, con lo moralmente libérrimo que parece el argumento, en cuanto a sexo, en estos virginales y pastoriles tiempos del tóquese usted mismo delante de Internet.

viernes, 18 de julio de 2008

NESSUN DORMA



Si hay una escena que me ha impresionado en los últimos años, es la del vuelo imaginario de la película Mar Adentro de Alejandro Amenábar, cuando Ramón Sampedro, magistralmente interpretado por Javier Bardem, fantasea que sobrevuela los verdes bosques y montes gallegos al encuentro de la mujer a la que ama, con Nessun Dorma de Turandot como música de fondo (creo que el intérprete es José Manuel Zapata).
Mar Adentro, una excelente película a favor del derecho a morir dignamente cuando el cuerpo se ha convertido en una cárcel y la vida en un infierno de enfermedad y dolor, mientras el cerebro sigue lúcido para saber lo que quiere. La vi por la misma época que Million Dollar Baby, otro alegato a favor de una muerte digna que levantó ampollas en su día, al igual que la cinta de Aménabar. Como película, en conjunto me conmovió más la de Clint Eastwood, aunque eso no quiere decir que Mar Adentro me pareciera menos buena, sólo que Million Dollar Baby emociona más porque apela a los sentimientos (sin caer en la sensiblería), mientras Mar Adentro mantiene un tono de documental, exceptuando la emotiva escena del vuelo. Son diferentes formas de tratar un mismo tema. Pero, como siempre, esta es mi opinión personal e intransferible.

Incluyo también este vídeo del rotundo Luciano Pavarotti interpretando Nessun Dorma.



El poema de Ramón Sampedro que dio título a la película:

Mar adentro,
mar adentro.

Y en la ingravidez del fondo
donde se cumplen los sueños
se juntan dos voluntades
para cumplir un deseo.

Un beso enciende la vida
con un relámpago y un trueno
y en una metamorfosis
mi cuerpo no es ya mi cuerpo,
es como penetrar al centro del universo.

El abrazo más pueril
y el más puro de los besos
hasta vernos reducidos
en un único deseo.

Tu mirada y mi mirada
como un eco repitiendo, sin palabras
'más adentro', 'más adentro'
hasta el más allá del todo
por la sangre y por los huesos.

Pero me despierto siempre
y siempre quiero estar muerto,
para seguir con mi boca
enredada en tus cabellos.